Si alguien te decía antes del partido que el Real Madrid le iba a meter tres al Manchester City sin Mbappé ni Bellingham en el campo, lo normal era no creerle. Y menos después de ver cómo venía el equipo, con dudas en Liga y un cambio de entrenador hace no tanto. Pero la Champions en el Bernabéu tiene esa pizca de muelle y es que cuando parece que el equipo está cogido con pinzas, aparece alguien que rompe el guion. Esta vez fue Fede Valverde.
El uruguayo fue un híbrido indescifrable. Tan pronto estaba en su propia área barriendo el suelo para ayudar a un Alexander-Arnold que sufría con Doku, como aparecía en el área contraria con la voracidad de un nueve clásico. El hat-trick antes del descanso fue increíble, sí, pero lo mejor fue cómo se movió. Arbeloa parece haberle dado permiso para ser él mismo. Ya no está tan encajado en una posición fija como le pasaba con Xabi Alonso.
Tácticamente, el partido fue un «quiero y no puedo» de Guardiola. Pep apostó por la valentía, aunque no con el efecto que quería. Metió a muchísima gente arriba, dejando a Rodri solo ante el peligro en el medio. El Madrid, que no es tonto, se dio cuenta rápido. No necesitó tener la pelota un 70% del tiempo. Le bastó con el orden de Rüdiger, que volvió a secar a Haaland, y con la inteligencia de Courtois. Asistencia del portero, sencillez máxima frente a tanta pizarra complicada. El plan de Arbeloa fue sencillo. Fue un fútbol directo, sin adornos, que dejó al City descolocado. Y el posible cuarto gol de penalti podría haber dejado casi sentenciada por completo la eliminatoria.
Ahora toca la vuelta en el Etihad. Todos sabemos que allí el partido será otra historia y que tocará defenderse de lo lindo, pero el Madrid sale de aquí muy reforzado. Arbeloa respira después de semanas de críticas y el equipo ha demostrado que, incluso cuando parece que no tiene las mejores cartas, sabe cómo ganar la mano. Al final, el fútbol es de los que aprovechan sus momentos, y el momento de Fede Valverde ayer fue para guardarlo en una vitrina.