En una ciudad pequeña, con estadio modesto y presupuesto ajustado, se ha vivido esta temporada una de esas historias que hacen que el fútbol valga la pena. El Club Deportivo Mirandés ha tocado con los dedos el cielo de Primera División, y aunque no pudo alcanzar la gloria ante el Real Oviedo, lo conseguido perdurará en el orgullo jabato de por vida. Más allá del buen rendimiento del equipo, el Mirandés ha despertado ilusión, convicción y emoción.
El equipo rojillo cayó en la final del play-off frente al Real Oviedo, pero su temporada no merece el foco de la derrota. Al contrario. Ésta ha sido una campaña histórica, tejida a base de inteligencia, trabajo colectivo y una idea de juego que ha superado, jornada tras jornada, todos los condicionantes.
Lo ha hecho desde su esencia, sin disfrazarse de lo que no es. Con una plantilla formada en gran parte por jugadores cedidos, sin nombres rutilantes, pero con un estilo definido y una ambición innegociable. Su fútbol ha sido valiente y reconocible: salida de balón limpia, líneas bien conectadas y transiciones rápidas que llegaban al área rival con decisión.Durante muchos meses, se codeó con los grandes de la categoría. Sin complejos. Ha sido un equipo con vocación ofensiva, con llegada, con hambre.
— Club Deportivo Mirandés (@CDMirandes) June 21, 2025
Y en el corazón de ese fútbol estaba Alessio Lisci, el entrenador que tomó las riendas de un grupo sin apenas jugadores en agosto y lo transformó en un equipo temido en toda la Segunda. Su trabajo, silencioso pero firme, ha sido el verdadero protagonista. El técnico italiano ha sacado rendimiento a una plantilla que cada verano empieza casi de cero. Ha dado roles a todos. Ha construido desde lo colectivo, sin excusas. Y ha hecho que Miranda crea en un 5‑3‑2 que ha absorbido presión y ha acelerado y transitado con criterio.
Fotografía: CD Mirandés
Otra de las claves de esta temporada ha sido la ilusión colectiva. El pueblo se volcó, vivió cada jornada como una escalera hacia el sueño. El gol de Panichelli en Oviedo desató una alegría contenida que cruzó las calles, las casas, los bares. Aunque el desenlace fuera amargo, el viaje ha sido memorable.
El equipo también ha aprendido a competir con lo que tenía, a reforzarse con cada error, a crecer sin atajos. Cada revés ha sido una lección, cada partido una oportunidad de progresar. Por eso ha llegado tan lejos. Por eso estuvo a solo un paso de una hazaña que habría marcado un antes y un después en la historia del club.
Ahora toca despedirse de muchos. Lisci se marcha, tal y como ha anunciado el club, los cedidos volverán a sus clubes, y quedará solo la estructura vacía de una plantilla que rozó la historia. Pero lo que no se irá es el recuerdo de una temporada maravillosa, donde un equipo pequeño mostró al fútbol que se puede competir desde la humildad, desde el buen juego, desde la fe.
Miranda soñó. Y aunque no haya ascendido, nadie le quitará el derecho de seguir haciéndolo. Este Mirandés no ha jugado a sobrevivir, ha jugado para ganar. Sin perder el ADN colectivo, estuvo presente en cada acción.