El Atlético de Madrid resolvió con sufrimiento su cita europea ante el Union Saint Gilloise, imponiéndose por 3-1 en una noche de incertidumbre defensiva y aciertos fugaces. La cuarta jornada de la Champions League, lejos de aquel falso trámite que a veces prometen los marcadores, exigió del equipo de Simeone una reacción de instinto y templo frente a la resistencia belga. El triunfo se gestó entre altibajos y destellos individuales, en una noche de angustia y celebración en el Metropolitano.
El equipo rojiblanco comenzó dubitativo, dejando que el Union Saint Gilloise gobernara el ritmo y generara peligro en los primeros compases. La presión alta, una cesión comprometida de Ruggeri y la falta de rigor para proteger la espalda en las bandas evocaron una imagen del Atlético desconcertante. Schoofs y Khalaili pusieron a Oblak y su defensa en apuros, mientras la grada aguantaba el aliento ante la amenaza de los líderes belgas, atrevidos y veloces. No fue hasta la lesión de Le Normand que la zaga encontró a Giménez como tabla de salvación, en medio de una tormenta táctica.
El primer gol no llegó por construcción coral, sino por una genialidad al espacio. Giuliano Simeone inventó una jugada supersónica para asistir a Julián Álvarez, quien definió con rabia y precisión pasada la media hora. La ventaja, más simbólica que real, permitió respirar y también dejó espacio a la polémica; el VAR anuló un tanto de Griezmann por fuera de juego en el descuento de la primera parte. El Atlético, sin brillo ni dominio absoluto, se aferró a ese 1-0 con la sensación de estar caminando sobre el alambre.
El segundo acto ofreció alivio parcial: Gallagher amplió la ventaja con un derechazo certero tras una acción de Sørloth en el área. A pesar del control de la posesión y la mejoría en la presión, el Atlético no logró cerrar las amenazas belgas. La reacción del Union Saint Gilloise fue inmediata; Sykes anotó de cabeza a balón parado, reavivando la inquietud en el Metropolitano e insinuando un empate que parecía posible hasta el último tramo. El encuentro transitó entonces por la cuerda floja, con el público entre el miedo y la esperanza.
Los minutos finales condensaron la tensión y la identidad de este Atlético nervioso y eficaz. Julián Álvarez falló una ocasión decisiva, Patris rozó el empate en el área contraria, y cuando la angustia pesaba más que la fortuna propia, Marcos Llorente sentenció de manera fulminante en tiempo añadido. Las palmas aplaudieron el resultado, aunque el juego dejó preguntas abiertas sobre la solidez y el fondo de armario del equipo. El Atlético venció y sobrevivió; una victoria de valor pero sin quitarse del todo las sombras de la duda.