Hay derrotas que duelen por el resultado y hay derrotas que duelen por la repetición. Unai Emery ya conoce ambas. En el Red Bull Arena de Salzburgo, su Aston Villa cayó 2-1 ante el PSG en la final de la Supercopa de Europa, un tropiezo que el técnico vasco suma ya cuatro veces en esta competición —antes con el Sevilla, en dos ocasiones, y con el Villarreal— sin haber levantado nunca el trofeo. Enfrente, Luis Enrique, que volvió a firmar una victoria más ante su compatriota en los cara a cara, encadena su decimotercer título al frente del PSG desde 2023.
El guion arrancó tal y como se esperaba de un PSG bicampeón continental: control absoluto del balón y paciencia hasta encontrar la grieta. Llegó en el minuto 20, con una jugada de manual: Désiré Doué habilitó a Khvicha Kvaratskhelia dentro del área, y el georgiano definió con calidad para el 1-0. El Villa, campeón de la Europa League tras romper una sequía de 44 años sin títulos internacionales goleando 3-0 al Friburgo, no se arrugó, y encontró premio antes del descanso: un centro bombeado de John McGinn desde la banda encontró a Brian Madjo, que definió con un disparo raso a la escuadra para el 1-1 en el minuto 45. El empate al descanso dejaba el trofeo completamente abierto y devolvía la fe a un Villa que había competido de tú a tú con el mejor equipo de Europa.
La segunda mitad, sin embargo, confirmó por qué el PSG sigue siendo el equipo a batir. En el minuto 61, tras una acción que el árbitro Artan Damaskinos revisó en el VAR antes de dar validez al tanto, Doué volvió a aparecer, esta vez como rematador, para firmar el 2-1 definitivo. A partir de ahí, el conjunto parisino gestionó la ventaja con el oficio de quien ya ha estado aquí antes, mientras un Aston Villa que perdía frescura con cada cambio —las salidas de Madjo y McGinn restaron peligro ofensivo— se quedaba sin argumentos para forzar la prórroga.
Con este triunfo, el PSG se convierte en el duodécimo club en revalidar la Supercopa de Europa, uniéndose a un club selecto donde solo el Real Madrid (2016-2017) y el Milan (1989-1990) habían logrado el mismo hito hasta ahora. Para Luis Enrique, la confirmación de que su proyecto sigue en su mejor momento; para Emery, una nueva cita frustrada con un título que, cuatro intentos después, sigue resistiéndose a su palmarés. El vasco, generoso en la derrota, no dudó en definir a su rival de la tarde como «el mejor entrenador del momento» — un reconocimiento que, en el fútbol de las grandes citas, a veces pesa más que cualquier consuelo.