Mil cuatrocientos veintinueve días después de su último triunfo —aquel Giro dell’Emilia de octubre de 2022, una vida entera en la carrera de cualquier ciclista—, el mallorquín volvió a levantar los brazos en la meta de una gran vuelta, y lo hizo justo el día en que el destino le exigía la respuesta más difícil de toda su carrera. No fue una victoria más, fue una reivindicación y un golpe de autoridad en fondo y forma.
Porque no era una etapa cualquiera. Era la primera jornada de montaña que Mas afrontaba vistiendo el maillot rojo, heredado apenas unas horas antes tras la dura caída que se llevó por delante la Vuelta de Tadej Pogačar, el hombre que hasta entonces parecía haber convertido esta ronda española en un monólogo. Cuando un liderato llega así, por la puerta de atrás del infortunio ajeno, suele pesar como una losa: la sombra de la duda, el miedo a no estar a la altura, la sensación de vestir un jersey prestado. Aitana, con sus 5.200 metros de desnivel acumulado en la jornada, planteaba la pregunta más incómoda posible: ¿estaba Enric Mas preparado para llevar la Roja hasta Granada?
La respuesta llegó escrita con las piernas. Con una fuga de 24 corredores neutralizada por el trabajo conjunto de Movistar y Decathlon, la batalla por la etapa se convirtió, kilómetro a kilómetro, en la batalla por la clasificación general. El austriaco Felix Gall buscaba y peleó por la gloria, pero no sería su día. Y en los metros finales, cuando todo el pelotón esperaba resistencia, Mas eligió el ataque. Se plantó a la rueda del escocés Oscar Onley, midió al joven británico con la sangre fría de quien ya no tiene nada que demostrarse a sí mismo, y resolvió el duelo al sprint con la autoridad de un auténtico líder. No defendió el maillot: lo conquistó de nuevo, esta vez con mérito propio, sobre el asfalto.
«Ahora entiendo a Pogačar, el maillot rojo te da alas», confesó el propio Mas al cruzar la meta, todavía con la voz quebrada por la emoción. Una frase que resume mejor que cualquier crónica lo que ha significado este domingo para un corredor que ha pasado media carrera siendo el eterno segundo, el gregario de lujo, el que siempre estaba cerca pero nunca del todo arriba.
Este lunes llega el descanso, pero en Mallorca, en Movistar, y en el ciclismo español entero, nadie va a descansar de la emoción. Porque ayer, en la cima de Aitana, Enric Mas no solo ganó una etapa: certificó, ante sí mismo y ante todo el pelotón, que aquel jersey rojo, por fin, le queda exactamente a su medida.