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Foto: Imago

Hockey

España pierde la final del Mundial de hockey hierba ante Alemania pero se lleva una plata histórica

Perder una final mundialista duele, y duele mucho, pero perderla habiendo llegado hasta ahí desde el fondo, habiendo tumbado por el camino a las dos grandes potencias del hockey mundial, es una derrota que se lleva con la cabeza alta y el corazón, aunque roto, orgulloso.

El Belfius Hockey Arena de Wavre (Bélgica), con cerca de 10.000 espectadores volcados mayoritariamente con la camiseta alemana, fue el escenario de una tarde de otoño anticipado, más fría en el termómetro que en la intensidad desplegada sobre el césped. Los RedSticks de Max Caldas afrontaban su tercera final mundialista de la historia, la primera desde hacía casi tres décadas, con la ilusión intacta de romper por fin una maldición: España nunca ha sido campeona del mundo de hockey hierba masculino, y este domingo tenía delante la oportunidad más clara en generaciones. No pudo ser.

El partido era parejo pero el guion de un sueño se torció en el tercer cuarto. Michel Struthoff encontró el resquicio que necesitaba una Alemania que llegaba a la final como vigente campeona olímpica y europea, un rival que hasta entonces había parecido intratable pero al que España, precisamente en este mismo torneo, ya había derrotado en la fase de grupos. Ese precedente, lejos de ser un simple dato estadístico, es la prueba de que esta final pudo caer del otro lado: los RedSticks dispusieron hasta de cuatro penaltis córner para forzar el empate, cuatro oportunidades de oro que el destino, empeñado en escribir una tarde de sufrimiento, decidió no conceder.

Y sin embargo, más allá del resultado, queda una gesta que trasciende el marcador. La derrota duele, sí, pero España certifica su cuarta medalla mundialista de la historia, uniendo esta plata a las conquistadas en 1971 y 1998, y al bronce de 2006 ante Corea del Sur. Antes de esta final, los RedSticks habían dejado en la cuneta a Bélgica, coanfitriona del torneo, y a unos Países Bajos que llegaban como campeones olímpicos, dos machadas que ya forman parte de la mitología reciente de este deporte en España.

Los españoles se marchan de Wavre sin el oro que soñaban, pero con los Juegos Olímpicos 2028 de Los Ángeles en el horizonte y la certeza, tan valiosa como cualquier medalla, de que el hockey español ya no es una selección que sueña con estar arriba: es una selección que, definitivamente, ya está.

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