El partido quedó prácticamente condicionado desde su arranque. Apenas habían transcurrido veinte segundos cuando un penalti sobre Moleiro permitió a Gerard Moreno abrir el marcador. El delantero no falló desde los once metros y el partido, que prometía ser tenso, tomó desde el primer instante una dirección que el Villarreal supo administrar con criterio y sin nervios.
Ese gol tempranero no solo dio ventaja al Submarino: le regaló la posibilidad de jugar con el esquema que más le gusta, con posesión, ritmo medio y el aprovechamiento de los espacios en las bandas. Especialmente Pedraza, que estuvo extraordinario por la izquierda y que fue clave en el segundo gol, obra de Nicolas Pépé tras una acción bien construida desde ese costado. El Celta, que llegaba al partido con aspiraciones europeas propias, se encontró con un rival que controlaba el encuentro sin demasiado esfuerzo y que dejaba pocas grietas.
La segunda parte trajo otro guión. El conjunto gallego salió con mayor determinación, adelantó líneas y buscó reducir distancias cuanto antes. Logró meterse en el partido con un gol de Borja Iglesias desde el punto de penalti, lo que activó los mejores minutos del Celta y añadió incertidumbre al tramo final. La presión gallega fue real y el Villarreal tuvo que defender con más compromiso del esperado, pero la resistencia fue suficiente.
El Villarreal está a un paso de certificar su presencia en la Champions League la próxima temporada, tan solo necesita un punto. Por primera vez en sus 102 años de historia, jugará en la competición continental por segundo año consecutivo, un hito que habla de la solidez del proyecto y de una plantilla que ha sabido competir al más alto nivel con una identidad clara. El próximo sábado ante el Levante UD buscará corroborarlo.