El Chelsea se proclamó campeón del Mundial de Clubes con una actuación que rozó la perfección y dejó al París Saint-Germain sin argumentos, ni consuelo. La final prometía un choque de titanes, e incluso daba como favorito a los de Luis Enrique, pero terminó siendo un monólogo inglés: 3-0, contundente, inapelable, con Cole Palmer como director y protagonista.
El relato de la noche se escribió en clave blue desde el minuto 22, cuando Palmer abrió la cuenta con un zurdazo imposible para Donnarumma. Ocho minutos después, el joven inglés repitió la dosis: conducción, pausa y otro disparo al fondo de la red. El PSG, que venía de arrasar a un gigante europeo como el Real Madrid en su camino a la final, se vio reducido a un espectador de lujo ante la precisión y el vértigo del Chelsea.
El tercer golpe llegó justo antes del descanso, cuando Palmer, en estado de gracia, filtró un pase para Joao Pedro, quien definió con frialdad para cerrar una primera parte que dejó a los parisinos groguis y a los londinenses saboreando la gloria. El PSG, incapaz de reaccionar, se estrelló una y otra vez contra el muro de Robert Sánchez, que en la segunda mitad evitó cualquier atisbo de remontada.
El Chelsea, dirigido por Enzo Maresca, no solo ganó: venció sobradamente al campeón de Europa y levantó el primer Mundial de Clubes de la FIFA en el año previo al Mundial de 2026. Ni Dembélé, ni ninguna pieza de la maquinaria ofensiva de Luis Enrique pudieron alterar el guion. La noche fue de Palmer, de Joao Pedro, y de un Chelsea que, contra todo pronóstico, se adueñó del mundo.