Su madre le llamó horas antes del partido. El Clásico. Le dijo que su padre había fallecido. Flick tuvo que tragar saliva y decidió dirigir el banquillo. No hay manual para eso. Ni táctica ni estrategia.
Hay algo más antiguo y más profundo. El sentido del deber, la lealtad a los suyos, la incapacidad de dejar tirado a un vestuario que también es su familia. El Camp Nou guardó un minuto de silencio antes del pitido inicial. Sesenta y dos mil personas calladas, con un hombre de pie en el banquillo que cargaba con todo sin que se le notara nada. Y luego ganó la Liga. 2-0 al Real Madrid. Como si fuera sencillo. El partido del año, con el contexto a favor para hacer la fiesta.
Rashford abrió el marcador al minuto nueve con un tiro libre que se clavó en el ángulo de Courtois. Ese Rashford que llegó en verano cedido desde el United, con el cartel de jugador perdido y la autoestima por los suelos. Flick lo miró y vio otra cosa. Le dio un rol, le dio confianza, le devolvió la sensación de ser importante. Rashford lleva seis goles y cinco asistencias esta temporada. No son los números de un descarte.
Eso es lo que ha hecho Flick en este Barcelona: mirar a las personas antes que a los nombres. Un equipo que presiona alto, roba pronto y vive en campo rival. Gerard Martín, lateral de origen, jugando de central zurdo porque Flick vio ahí una ventaja que nadie más veía. Ferran Torres, siempre al borde de la irrelevancia, encontrando por fin un sitio donde su esfuerzo tiene sentido. Método, disciplina, exigencia. Pero encima de todo eso, la capacidad de hacer que la gente se sienta vista.
El Barcelona tiene 91 puntos y 14 de ventaja sobre el Madrid. Una Liga ganada con autoridad, con identidad, con un estilo reconocible.
Y con el corazón partido de su entrenador como fondo de todo.