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Guillermo del Pino y el triple que detuvo el tiempo: España U18, oro en el último suspiro

Todo en Belgrado olía a sentencia. A falta de 41 segundos, Francia gobernaba con puño de hierro (71-79): los galos ya eran campeones, la fiesta del baloncesto español era apenas un susurro de esperanza, y la intensidad heroica de nuestra Sub-18 parecía ahogada por la lógica del desfibrilador que dicta el marcador. Pero ahí, justo donde la razón se desmaya, es donde nacen las leyendas: irrumpió Guillermo del Pino. El triple agónico, la mirada de los imposibles, y la convicción de quien aun perdiendo, cree. Y entonces España le ganó a Francia, y al destino, 82-81, con el oro pendiendo de un solo milagro que tardará en olvidarse.

A contracorriente, porque así saben mejor las gestas, España presentó una mínima resistencia a ese plan escrito en gaélico. En un último minuto digno de película subida de revoluciones, el cordobés firmó nueve puntos -sí, nueve, en apenas 27 segundos- y alzó la bola más caliente del baloncesto europeo hacia el cielo. La red, esa última frontera del drama, susurró su veredicto a solo 1,4 segundos del final: oro para España, el más improbable, el más ruidoso, el que se grita y se repite en la memoria. No importaron los parciales previos, ni el dominio de Francia, ni los miedos de juventud; importó creer.

No fue el partido de los puristas. España sufrió, naufragó durante muchos minutos y, como tantas veces, solo supo rebelarse en el caos. Al descanso iba perdiendo de dos puntos tras un pobre 16% en triples y un 44% en tiros libres: la estadística de la condena. Francia jugó con la solidez de una maquinaria industrial, mostrando músculo y piernas, y ahogando la circulación española.

La generación de Marco Justo, acostumbrada a la autoridad en el torneo (invictos, victoria descomunal ante Italia en semifinales), tuvo que reinventarse en la final. El carácter, más que el juego, sujetó el delirio de la remontada. Raúl Villar, Alfonso Rodríguez, Ian Platteeuw… todos añadieron retales de talento, pero en el último cuarto Del Pino se reservó el papel protagonista. No fue MVP para los números, pero lo fue para el corazón: ¿cómo medir la épica en la hoja estadística? Aquella bola final, aquella celebración desbordada, fue la firma imborrable de un nuevo capítulo glorioso para el baloncesto español.

El Eurobasket U18 2025 ya tiene su postal, la de un puñado de chicos abrazados en la locura de Belgrado y un nombre -Guillermo del Pino- que ya es sinónimo de fe. El futuro no se regala, se gana. Y España volvió a ganarlo cuando casi nadie lo esperaba.

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