«No es el mismo equipo. El torneo sigue avanzando, ellas han seguido creciendo como equipo. Nosotras también.» La frase de Raquel Carrera, pronunciada en la víspera del partido por el bronce, resultó profética: nada tuvo que ver esta Alemania, crecida partido a partido ante su gente, con aquella selección arrollada 83-53 en la fase de grupos apenas unos días antes. Pero España, pese a la resistencia germana hasta bien entrado el último cuarto, terminó imponiéndose por 81-58 para colgarse la medalla de bronce en el Mundial femenino de baloncesto, certificando el mejor resultado de la Roja en esta cita desde la plata de 2014.
El partido, disputado en la propia casa de la anfitriona, arrancó con España decidida a no dejar lugar a la épica local. Iyana Martín tomó las riendas del choque casi desde el salto inicial, combinando triples de máxima dificultad con asistencias precisas hacia Awa Fam y Megan Gustafson, en una demostración de liderazgo que fue construyendo, poco a poco, la comodidad necesaria para sostener el ritmo impuesto desde el banquillo de Miguel Méndez.
Pero Alemania, lejos de rendirse ante el peso del rival y de su propia afición, sacó la artillería pesada nada más regresar de los vestuarios. El tercer cuarto se convirtió en un pulso descarnado, con las locales ganando los emparejamientos físicos y recortando distancias hasta un ajustado 58-51 que devolvió toda la tensión a un pabellón entregado a su selección. Durante varios minutos, la gesta de la anfitriona pareció al alcance de la mano, y el bronce, que hasta entonces se intuía asegurado, empezó a temblar.
El cuarto y definitivo asalto, sin embargo, tuvo un solo nombre propio. Iyana Martín pisó el acelerador con la determinación de quien ya sabe lo que significa perder una medalla en el último suspiro —el recuerdo de la ajustada semifinal ante Estados Unidos todavía escocía—, y España abrió una ventaja que llegó a rozar los veinte puntos, una distancia que ya no iba a dejar escapar. Maite Cazorla se sumó a la fiesta particular de su compañera con aciertos sucesivos desde el triple, certificando un partidazo redondo que sentenció cualquier atisbo de sorpresa.
El pitido final desató la celebración de una selección que se marcha de Alemania con la sensación de haber plantado cara, hasta el último aliento, a la todopoderosa Estados Unidos en semifinales, y de haber sabido reponerse con carácter ante una anfitriona crecida en su propia casa. España es de bronce, en tierra hostil, y con una generación —Iyana Martín, Awa Fam, Maite Cazorla— que ha dejado un mensaje inequívoco para el resto del baloncesto mundial: esta Roja ha venido para instalarse, con vocación de permanencia, en la parte más alta del podio.