El Betis se marcha de Braga con un empate que no resuelve nada, pero la vuelta en casa siempre es un aliciente. El gol encajado tan pronto fue un síntoma de que el equipo entró frío. Un córner mal defendido, Grillitsch solo y 1-0 antes de que el encuentro tuviera forma. A partir de ahí, el Betis necesitó unos minutos para ordenar la cabeza y las piernas. No era el plan previsto, pero tampoco el tipo de golpe que desarma a un equipo con oficio.
Cuando lo hizo, empezó a aparecer Bartra, que estuvo en todo. Marcó un gol anulado por fuera de juego y luego estrelló un cabezazo en el travesaño. El Betis encontró en el balón parado su mejor vía de llegada, mientras Horníček se dedicaba a frustrar cada ocasión clara. El Sporting de Braga tuvo más posesión, sí, pero tampoco convirtió ese dominio en un asedio real. Aun así, la reacción fue inmediata.
La segunda parte cambió cuando Abde decidió romper el partido. Su arrancada por la izquierda terminó en un penalti que él mismo provocó y que el Cucho transformó para ajustar el marcador. Hubo un pequeño gesto de enfado del marroquí por no lanzar, pero nada que alterara el guion. El empate llegó en el momento en el que el Betis más lo necesitaba.
El tramo final fue más de gestión que de ambición. El Betis eligió no desordenarse, consciente de que la vuelta en Sevilla es donde se juega la eliminatoria. El Braga empujó sin demasiada claridad y Antony, en la última, rozó un gol que habría cambiado la noche. Vaya que sí.
El 1-1 no es un resultado para presumir, pero sí para trabajar. El Betis no brilló, pero sí que compitió, corrigió y se mantuvo dentro de la eliminatoria. La diferencia, en ocasiones, reside en la capacidad de adaptarse a un escenario negativo y revertir la situación. Y este Betis, con sus altibajos, demostró que sabe mantenerse en pie cuando el partido se le tuerce.