El Valencia Basket se impuso al Hozono Global Jairis por 70-65 en la final de la Copa de la Reina disputada en el Palau d’Esports de Tarragona. Durante ocho minutos, la final no fue una final. Fue otra cosa. Un espejismo, quizá. Un territorio incómodo en el que el favorito parecía disfrazado de víctima y el vigente campeón jugaba como si el título todavía le perteneciera.
El duelo arrancó con un Jairis dominante, firme y valiente, llevando el ritmo con una precisión desde el perímetro que descolocó a su rival. El parcial inicial de 0‑17 reseñó más que un susto: fue una declaración de intenciones. Las murcianas, vigentes campeonas, parecían haber salido con más fe, más frescura mental, más claridad táctica.
Pero ahí empezó también la historia no contada en las crónicas habituales: en la reacción del Valencia Basket, que lejos de venirse abajo supo rearmarse desde la defensa y desde los pequeños ajustes, hasta voltear el marcador. El tercer cuarto fue el punto de inflexión; una intensidad renovada y un mayor acierto en momentos claves permitieron a las valencianas recuperar el control del tempo.
Sin embargo, si algo quedó claro es que la imagen de dominio alterno ocultó carencias de ambos. Por parte de Valencia, la irregularidad ofensiva y los nervios en los instantes finales —vistos en varias pérdidas de balón y tiros errados— mostraron que el equipo aún no ha encontrado consistencia bajo presión. Y en el Jairis, pese a la valentía y el temple exhibido hasta el último minuto, faltó quizá la fuerza mental y física para rematar un partido que fue suyo durante gran parte del primer tiempo.
Al final, el título llevó la firma de un Valencia que celebró su segunda Copa de la Reina, pero no sin pagar un peaje de sudor y dudas. Más allá de la emoción del resultado, lo que dejó esta final fue la sensación de que, si el Jairis mantiene su ambición y crecimiento, pronto no solo peleará por llegar a finales, sino por ganarlas sin necesidad de remontadas heroicas ajenas.