Cuando el Gainbridge Fieldhouse se preparaba para celebrar el asalto definitivo de los Pacers, Oklahoma City Thunder demostró por qué nunca hay que dar por muerto a un equipo joven, talentoso y, sobre todo, testarudo. El cuarto partido de las Finales de la NBA fue un ejercicio de supervivencia, orgullo y, en el caso de Shai Gilgeous-Alexander, de liderazgo absoluto. Los Thunder se llevaron la victoria (104-111) y devolvieron la serie a la casilla de salida: 2-2 y todo por decidir.
La primera mitad fue una montaña rusa en la que Indiana parecía tener el control, con Mathurin y Siakam castigando la defensa visitante y una grada entregada a la causa. Pero el guion de las Finales cambió en la segunda parte, cuando Shai Gilgeous-Alexander decidió que la noche era suya: 35 puntos, sangre fría y una colección de canastas imposibles en el último cuarto, justo cuando más quemaba el balón.
No estuvo solo el canadiense. Chet Holmgren, renqueante tras un susto en el tobillo, aportó defensa y rebote en los momentos calientes. Alex Caruso, ese especialista en partidos grandes, apareció desde el banquillo para sumar puntos y, sobre todo, experiencia y temple cuando el partido se jugaba al filo de la navaja.
Los Pacers, que habían ganado dos de los tres primeros partidos, vieron cómo se les escapaba la victoria en un último cuarto fatídico. Mathurin, brillante en tramos del partido, se atascó en los minutos decisivos, y ni Haliburton ni Siakam lograron romper la telaraña defensiva de los Thunder. El parcial final, un demoledor 12-1 para Oklahoma, que dejó helada a la afición local y devolvió la presión a los de Rick Carlisle.
Con la serie empatada 2-2 y el factor cancha recuperado por Oklahoma, las Finales prometen emociones fuertes. Los Thunder demostraron que saben ganar en territorio hostil y que, con Shai al mando, todo es posible. Indiana, por su parte, tendrá que reinventarse si no quiere ver cómo el sueño de su primer anillo se esfuma ante sus ojos.
La lucha sigue. Y ahora, está más abierta que nunca.