El Real Madrid afrontó en Mendizorroza una de esas visitas incómodas que pueden marcar el paso de una temporada. En un campo históricamente difícil para los grandes —donde al Alavés no se le regalan concesiones y el ambiente lo exige todo— los blancos llegaron con la necesidad imperiosa de sumar un triunfo tras las duras derrota ante el Celta y el Manchester City. Una racha que tenía cuestionado a Xabi Alonso en el banquillo. La presión por mantenerse cerca del liderato liguero frente a un Barcelona que no afloja se notó en cada toma de decisiones y en la energía con la que ambos equipos saltaron al césped.
El partido se abrió cuando Kylian Mbappé, siempre un recurso de talento puro en momentos tensos, encontró espacios desde la banda para construir una jugada que desatascó el marcador con un disparo potente y ajustado al palo. Esa acción, terminada con un zurdazo clínico, confirmó que el francés sigue siendo determinante en instantes donde el Madrid parece falto de fluidez colectiva. A pesar de ello, el conjunto vitoriano no se amilanó: con intensidad y orden restableció su ritmo competitivo y, a la vuelta del descanso, encontró su premio merced a un tanto de Carlos Vicente que castigó un repliegue defensivo mejorable de los visitantes.
Lejos de venirse abajo, el Real Madrid mostró su lado más pragmático y eficaz tras el empate. Una jugada de velocidad y precisión asociada entre Vinícius Jr. y Rodrygo decidió el choque a favor de los de Alonso. El brasileño, con un movimiento rápido en el área, culminó el contragolpe con un remate que devolvió la ventaja a su equipo en el minuto 76 y que, a la postre, resultó definitiva. La victoria, por tanto, no solo sumó tres puntos vitales, sino que alivió en parte la presión que había sobre el técnico tras los últimos tropiezos.
No obstante, esa misma victoria dejó en evidencia algunas de las carencias más discutidas en el entorno madridista. El juego colectivo exhibido durante largas fases del encuentro careció de cohesión, con excesiva dependencia en las individualidades para generar peligro. La transición entre líneas fue lenta en momentos clave y el repliegue defensivo ofreció espacios que el Alavés supo aprovechar. Los analistas han señalado que, más allá del resultado, el equipo todavía no ha hallado una identidad definida en su propuesta global.
En definitiva, el 1-2 en Mendizorroza se escribe como un triunfo trabajado que aporta calma momentánea pero no disipa todas las dudas. Para un Real Madrid que aspira a competir por todos los títulos, cada partido se ha convertido en examen y cada victoria en argumento para sostener proyectos técnicos e ilusiones deportivas. El Alavés, por su parte, demostró que no hay rival fácil en LaLiga y que, con intensidad y convicción, puede pelear resultados incluso ante los más grandes. La lectura final es doble: alivio blanco por los tres puntos sumados, exigencia por el nivel mostrado y la urgente necesidad de consolidar un rendimiento más sólido de cara al tramo decisivo de la temporada.