A veces uno descubre qué significa su casa cuando le obligan a vivir lejos de ella. El Rayo juega estos días en Butarque, a quince kilómetros de Vallecas, delante de asientos vacíos y con una parte de su gente protestando fuera contra la gestión del club. El sábado apenas hubo 4.529 espectadores en un estadio preparado para más de 14.000. Y, sin embargo, entre tanto desarraigo apareció algo reconocible: el Rayo volvió a parecer el Rayo.
No fue sencillo. Sergio Canales necesitó cuatro minutos para recordar que ciertos futbolistas pueden regresar al pasado con un golpeo. Dieciséis años después de su último gol de falta directa en Primera, puso el 0-1. Ratiu respondió después de una transición conducida por Camello, pero Pablo García aprovechó un error de Unai López para devolver al Racing la ventaja. Dos golpes cántabros. Dos veces por detrás. El escenario perfecto para que un equipo con un punto de nueve empezara a desconfiar de sí mismo.
Entonces apareció Sergio Camello. Unai López reparó su error encontrándolo antes del descanso y el delantero convirtió el 2-2. Apenas iniciada la segunda mitad volvió a asistirle y Camello hizo el tercero. En cuatro minutos de partido, separados por el descanso, el Rayo había dado la vuelta a una tarde que amenazaba con parecerse demasiado a las anteriores. El nueve terminó con dos goles y una asistencia. Lleva cinco tantos en las tres últimas jornadas y dos dobletes consecutivos. Cuando alrededor casi todo parece provisional, Camello se ha convertido en una certeza.
Todavía quedaba una última prueba. Fran Pérez vio la roja directa en el 85′ y Jorge de Frutos fue expulsado desde el banquillo cuatro minutos después. El Racing apretó, Zabiri llegó a marcar un empate posteriormente anulado y el Rayo terminó defendiendo algo más que tres puntos. Defendía su primera victoria del curso.
Quizá por eso este 3-2 explique mejor al Rayo que una goleada. El equipo de Beñat San José llegó con un punto después de tres jornadas y ocho goles encajados, volvió a conceder dos y acabó ganando desde la resistencia.
Fuera había habido una manifestación de cerca de 3.000 aficionados contra Raúl Martín Presa. Dentro, más de un millar de kilómetros después de salir de Santander, la hinchada visitante ocupaba buena parte de un lateral. El Rayo jugaba oficialmente como local, pero pocas veces ser local había resultado un concepto tan extraño.
Hasta que empezó a rodar el balón. Porque puedes quitarle a un equipo su estadio durante un tiempo. Puedes vaciarle las gradas y convertir cada jornada en una mudanza. Lo difícil es quitarle su manera de sobrevivir. El sábado Vallecas no estaba en Vallecas. Estaba en Butarque. Y Camello encontró el camino hasta allí.