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Foto: Girona

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El Girona vence al Alavés, sale del descenso y Míchel respira al fin

Este sábado el Girona recuperó algo más que tres puntos, reencontrándose con una esencia que parecía extraviada entre jornadas de zozobra y ansiedad. La necesidad, vieja compañera de los equipos en el alambre, galvanizó a los de Míchel, que saltaron al césped de forma ambiciosa, con las líneas adelantadas y la mirada fija en la portería rival. Desde el primer minuto, la presión alta, el vértigo por bandas y la promesa de redención hicieron del partido algo vibrante para el Girona, casi una declaración de principios ante un Alavés perplejo por la determinación local y mermado por la sensible baja de Lucas Boyé, alfa y omega del equipo vitoriano.​

Ahí, en el corazón de la primera parte, maduró la jugada radial: Bryan Gil, relámpago inagotable por la izquierda, desnudó a su par, pisó fondo y colgó un centro quirúrgico que Viktor Tsygankov, con una fe sideral, cabeceó violentamente al poste y de allí a la red. Justo castigo al repliegue babazorro e impulso vital para un Girona que, por momentos, volvió a lucir como aquel equipo que maravilló a media España dos temporadas atrás. El gol no solo significó ventaja: subió la tarde y llenó de confianza a los gerundenses, que rozaron enseguida el segundo ante una defensa de Alavés aturdida y una Sivera que veía balones desfilar cerca de sus dominios.​

El Alavés, fiel al espíritu combativo que imprime Coudet, lejos de naufragar tras el golpe, ajustó filas y rearmó su medular a base de intensidad y cambios tácticos al descanso. Denis Suárez avisó primero, pero Gazzaniga emergió imperial, y poco después Antonio Blanco llegó a igualar, aunque el VAR congeló la esperanza vitoriana por un fuera de juego tan fino como decisivo. El partido, ya inmerso en la marea del segundo tiempo, se tornó más equilibrado; la bola coqueteaba con ambas áreas y los entrenadores movían piezas con la minuciosidad de un ajedrecista al borde del jaque.​

El Girona supo sufrir cuando la ocasión lo demandó, con los cambios de Míchel aportando frescura y amarre en la medular. Stuani y Abel Ruiz agitaron el frente de ataque, replegando las líneas de un Alavés que, forzado a la precipitación, fue perdiendo filo en la ofensiva. En el tramo final, ni siquiera el susto de un gol anulado a Stuani (por fuera de juego) empañó la sensación de justicia: el Girona, más entero y lúcido, aseguró tres puntos que significan oxígeno puro para sus aspiraciones, trascendiendo lo estadístico para instalarse en la memoria emotiva de la afición.​

El silbatazo final fue, más que un alivio, una suerte de pequeño milagro colectivo: el Girona sale provisionalmente del descenso, inverso a su reciente desgracia, mientras que el Alavés, competitivo pero poco contundente, regresaba a Vitoria con la sensación agria de una oportunidad perdida.

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