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Foto: Imago

Ciclismo

El día que Wout dejó de ser segundo

258 kilómetros de adoquines, tres pinchazos para los favoritos, Van der Poel enterrado en Arenberg y Van Aert esperando su momento durante seis años. La París-Roubaix 2026 fue una obra maestra del caos con un final que el ciclismo llevaba tiempo debiéndole al belga de Herentals.


Hay victorias que se celebran. Y hay victorias que se saldan. La de Wout van Aert en la París-Roubaix 2026 es de las segundas: una deuda que el ciclismo tenía pendiente con un corredor que lleva años siendo ‘el mejor perdedor’ del deporte más cruel del mundo. Segundo en Roubaix. Tercero en Roubaix. Cuarto en Roubaix. El podio como residencia permanente y la victoria como territorio ajeno. El domingo, en el velódromo André-Pétrieux, Wout van Aert cerró la cuenta.

Pero antes de eso, el Infierno tuvo que hacer su trabajo.

El Bosque de Arenberg se lleva a Van der Poel

La carrera llegó a Arenberg como llega siempre: rota, caótica, con el pelotón ya herido por los primeros adoquines y un ritmo por encima de los 50 km/h que no había dejado prosperar ninguna fuga en toda la mañana. Una de las más rápidas y caóticas París-Roubaix que se recuerdan.

Mathieu van der Poel entró al bosque como tricampeón y salió como superviviente. El reigning champion sufrió problemas mecánicos en el peor lugar posible, sin coches de apoyo cerca. Intentó tomar la bicicleta de su compañero Jasper Philipsen, pero no pudo montarla, y tuvo que devolvérsela. Del Grosso le cedió una rueda, pero antes de salir del sector, volvió a pinchar. Dos golpes en el mismo infierno. Dos minutos y doce segundos de diferencia con un grupo de siete hombres que volaba en cabeza. La carrera de Van der Poel, matemáticamente, había terminado.

Lo que vino después fue una remontada épica que no sirvió de nada. O sí sirvió: sirvió para recordar por qué este hombre es uno de los mejores corredores de la historia sobre adoquines, incluso cuando el adoquín le da la espalda.

Pogacar atacó todo lo que pudo. No fue suficiente

Con Van der Poel fuera de juego, la carrera se convirtió en un duelo de película entre los dos mejores ciclistas del mundo. Pogacar y Van Aert atravesaron el Carrefour de l’Arbre en cabeza, con casi 30 segundos de ventaja sobre un grupo perseguidor cuando solo quedaban 15 kilómetros para meta.

El esloveno lo intentó todo. En Mons-en-Pévèle, tramo de cinco estrellas con tres kilómetros de adoquines, Pogacar lanzó el primer aviso serio. Van Aert no se movió. En el Carrefour de l’Arbre, Pogacar volvió a abrir la caja de los truenos. Van Aert tampoco se movió. Tadej me atacó muchas veces y estuve al límite en algunos momentos, reconocería el belga después. Pero el límite de Van Aert ese día estaba más lejos de lo que Pogacar había calculado.

La lógica decía que el esloveno tenía que llegar solo al velódromo: si llegaban juntos, Van Aert —más rápido al sprint— tenía todas las de ganar. Pogacar debía quemar la traca en los 300 metros de adoquines de Roubaix para tomar ventaja y entrar a meta en solitario. Lo intentó. No pudo soltar al belga.

Cien metros para saldar una deuda

Dos vueltas al velódromo. Pogacar al frente. Van Aert detrás, mirando, esperando, calculando. En la primera vuelta, Pogacar lideró el dúo, pero Van Aert le superó para asegurarse la mayor victoria de su carrera. Un ataque a 100 metros de la línea. Explosivo, definitivo, sin réplica posible.

Wout van Aert ganó su segunda clásica monumento, seis años después de la Milán-Sanremo 2020. Cinco horas, dieciséis minutos y cincuenta segundos sobre la bicicleta. Una vida de segundos puestos que se cerraron de golpe en el velódromo más famoso del ciclismo.

Cuando entré en el velódromo apliqué mi plan. En mis sueños y en mi preparación hice este vuelo mil veces. Sabía lo que tenía que hacer, pero la parte más difícil era llegar allí, dijo Van Aert después. En eso tiene razón: la parte más difícil no era ganar el sprint. La parte más difícil era sobrevivir 258 kilómetros de infierno, tres pinchazos propios, los ataques del mejor ciclista del mundo y seis años de cuentas pendientes.

El domingo, Wout van Aert llegó allí. Y esta vez, no fue segundo.

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