Birmingham deja a España en su sitio: ocho medallas, la marcha como columna vertebral y una asignatura pendiente que no se mueve. Ocho medallas. La misma cifra de Roma 2024, el mismo séptimo puesto en la tabla continental, y una fotografía que, mirada con calma, cuenta dos historias distintas a la vez: la de un atletismo español que sigue siendo fiable en sus certezas de siempre, y la de un atletismo español que no termina de resolver sus dudas de siempre. Dos oros, dos platas, cuatro bronces. Ni un paso adelante, ni uno atrás. Una fotocopia.
La gran protagonista, otra vez, fue la marcha. La disciplina que en los últimos ciclos se ha convertido en el motor casi exclusivo del medallero nacional volvió a demostrar por qué: María Pérez y Paul McGrath se colgaron el oro en la media maratón marcha en una mañana de sábado que quedará en el recuerdo, y horas después Miguel Ángel López (plata) y Raquel González (bronce) completaron un póker histórico en la distancia de maratón. Cuatro medallas en una sola especialidad, más del 60% de todo el botín español en Birmingham. La marcha no es ya el fuerte del atletismo español: es, directamente, su columna vertebral, y cada vez resulta más difícil imaginar un Europeo sin ella sosteniendo el edificio entero.
Fuera del asfalto, el resto de la delegación aportó con cuentagotas pero con calidad. Marta García abrió el casillero con una plata de mérito en los 5.000 metros, un peldaño más tras el bronce de Roma; Mohamed Attaoui firmó un bronce de altísimo nivel en una final de 800 apretadísima, confirmando que el mediofondo español tiene, por fin, un nombre propio con proyección de podio fijo. El equipo femenino de maratón sumó un bronce colectivo gracias a la regularidad de Carolina Robles y las suyas, y el broche llegó por sorpresa: el relevo mixto de 4×100, con Guillem Crespí, Isabel Pérez, Andoni Calbano y Jael Betsué, rescató de la nada una medalla en un terreno —la velocidad— que llevaba años sin dar alegrías a España.
Y ahí está, precisamente, la lectura incómoda del balance. Ese bronce del relevo mixto es la excepción que confirma la regla: España sigue sin resolver su déficit crónico en velocidad y vallas cortas, el mismo agujero que en Múnich 2022 —diez medallas, cuatro oros y tercer puesto continental— no existía. Aquel campeonato, todavía la referencia a batir, se construyó sobre tres patas: velocidad, mediofondo y marcha. Birmingham 2026 se sostiene solo sobre dos, y eso, aunque la cifra final maquille el resultado, es una diferencia que pesa.
El séptimo puesto en el medallero, mejor que el octavo de Roma pese a igualar medallas, certifica que España compite de tú a tú con las grandes potencias europeas en un puñado de disciplinas muy concretas. El reto, de cara a Múnich 2026 y sobre todo pensando en los Juegos, no es igualar Roma: es ensanchar la base. Porque ocho medallas está bien. Pero repetir ocho medallas, exactamente en las mismas especialidades, empieza a sonar menos a consolidación y más a techo.