Este domingo, y por primera vez desde 2012, volvió a sonar ‘La Fuente de Cacho’ en un partido de Liga en el icónico Campos de Sport de El Sardinero (Santander). Un equipo y una afición que derrochan raíces, orgullo, pasión, historia y sentido de pertenencia. Cantabria ruge. Sin lugar a dudas LaLiga es un lugar muchísimo mejor con el Real Racing Club en Primera División. Enhorabuena a su gente por la vuelta a la élite, lugar del que nunca debieron salir.
Hubo un momento, con el crono marcando el minuto 34, en el que El Sardinero se atrevió a soñar. El Racing de Santander, de vuelta en Primera después de 14 de travesía, ganaba 2-0 a un Villarreal que llegaba señalado como aspirante europeo, y la fiesta del regreso amenazaba con convertirse en gesta histórica. Pero el fútbol, sobre todo en jornada 1, tiene la costumbre de recordar que noventa minutos dan para mucho más de lo que parece a los treinta.
El partido, que arrancó con un emotivo minuto de silencio en memoria de las víctimas del terremoto de Colombia, se puso de cara para los locales casi de inmediato en el marcador emocional. Andrés Martín abrió la lata desde los once metros en el 21′, y trece minutos después el joven cántabro Sergio Martínez amplió la renta hasta el 2-0 con un golazo, desatando la locura en las gradas del sempiterno estadio santanderino. José Alberto López había preparado un Racing valiente, intenso y sin complejos ante un rival de otro presupuesto, y durante media hora ese plan funcionó a la perfección.
Entonces llegó el mazazo para la parroquia local. En apenas sesenta segundos, entre el descuento del primer tiempo, el Villarreal de Íñigo Pérez —que hasta ese instante había ofrecido una versión gris, incapaz de encontrar espacios— resucitó de golpe: Pape Gueye recortó distancias en el 45′ con un disparo lejano y, casi sin tiempo para que los cántabros reaccionaran, Nicolas Pépé firmó el 2-2 en el 45+1′. Un golpe psicológico brutal que obligó a ambos equipos a reiniciar el partido, esta vez con los papeles invertidos: un Racing que debía sostener lo construido y un Villarreal que, de repente, encontraba la calma que le había faltado toda la primera mitad.
La segunda parte, ya sin goles, fue un pulso de resistencia más que de ambición. Los groguets, con Gerard Moreno entrando desde el banquillo, buscaron el tercero sin encontrar el desequilibrio necesario, mientras el Racing, con las piernas pesadas tras el esfuerzo inicial, se replegó a defender el empate como quien defiende una victoria moral. El resultado, un correcto 2-2, dejó sensaciones encontradas: satisfacción en Santander por la versión mostrada ante un rival de Champions, y cierto alivio en Villarreal por haber evitado un tropiezo que habría sido incómodo para arrancar el nuevo proyecto.
Para el Racing, el primer punto de su regreso a la máxima categoría sabe casi a victoria, con la certeza de que este equipo va a competir cada domingo con algo más que ilusión. Para el Villarreal, la lección es clara: la versión de Champions tendrá que esperar, porque en El Sardinero, durante media hora, un recién ascendido les dio una clase de fútbol con alma.