El Real Oviedo ya es equipo de Segunda División. El empate del Girona en Vallecas ante el Rayo (1-1), rescatado por un gol de Cristhian Stuani en el minuto 89, certificó anoche el descenso matemático del conjunto asturiano a falta de tres jornadas para el final del campeonato. El equipo carbayón necesitaba una derrota del conjunto catalán para seguir con vida tras su empate sin goles ante el Getafe en el Carlos Tartiere, pero el tanto del veterano delantero uruguayo terminó por derribar la última esperanza azul.
El regreso del Oviedo a Primera, 24 años después de su última presencia en la élite, apenas ha durado una temporada. Los asturianos se marchan como colistas, con 29 puntos en 35 jornadas, fruto de seis victorias, once empates y dieciocho derrotas. La falta de gol ha sido una condena constante durante todo el curso y el equipo ha convivido demasiadas jornadas con números insuficientes para sostenerse en la categoría.
La inestabilidad también marcó el año oviedista desde muy pronto. Veljko Paunovic, el técnico que logró el ascenso, fue destituido en octubre después de ocho jornadas. Su relevo, Luis Carrión, nunca terminó de convencer ni de cambiar la dinámica, y el club acabó recurriendo a Guillermo Almada en un último intento desesperado por reaccionar. Con el uruguayo el equipo mejoró competitivamente y ofreció una imagen más sólida, pero la reacción llegó demasiado tarde y los resultados nunca acompañaron del todo.
El descenso deja además un inevitable poso emocional alrededor de la figura de Santi Cazorla, símbolo absoluto del oviedismo y protagonista del regreso a Primera. El oviedismo despidió anoche la categoría entre resignación y tristeza, consciente de que el sueño apenas ha durado 324 días.