‘Un’estate italiana’ suena al bullicio de las playas concurridas, a cientos de obturadores capturando arte o a un brindis bajo el sol de la Toscana. Tiene la voz de ese Mundial del 90. Ese verano, el país de la bota recibía la Copa del mundo, como ya sucedió en su primera participación mundialista convirtiéndose en campeona. Pero el desenlace, a pesar del deseo y la fe, esa vez fue otro. Alemania levantó el trofeo. Italia, una de las favoritas, que fue la primera selección en ganar dos mundiales consecutivos y que entonces era la más laureada junto a Brasil con tres, no pudo llegar a la gran final de su mundial. Una tanda de penaltis ante Argentina le privó de ello.
El fútbol es esa herida que se abre y se cierra, donde ilusión y dolor cohabitan alternando protagonismo. Llegó otro verano, con el vacío sacudiendo sus sonrisas. Porque en el 94 Italia sí llegó a la última cita del torneo, pero se marchó con las manos vacías. Otra vez esa pequeña longitud dictando sentencia. Tras esos once metros se quedó Roberto Baggio completamente desolado con un lanzamiento que mandó a las nubes. Italia se rompió en pedazos junto a él.
Pero volvió otro verano. El de 2006 aconteció en Alemania; país vencedor del mundial que organizó Italia. La Azurra se redimió y construyó un camino que volvió a llevarle al punto de penalti. Italia no falló en esta ocasión. Fabio Grosso, que había marcado el gol de la victoria en una agónica semifinal ante la anfitriona, envió el último lanzamiento a la gloria. Once metros sobre el cielo.
Desde entonces, Italia no ha vuelto a sonreír bajo el sol. En Sudáfrica y Brasil, sus últimas participaciones mundialistas, no pasó de primera ronda. En Zenica confirmó su tercera ausencia consecutiva. Mientras Bosnia, en volandas, acumulaba llegadas, Italia amontonaba sus recuerdos; de los que ya no puede vivir. Y llegados a esa misma distancia, el peso enorme de la deuda y la responsabilidad le aplastaba los hombros. Italia, sin rima ni ritmo, con las letras perdidas y los acordes desafinados, no halla su identidad. Ausentarse es una costumbre que desentona con las cuatro estrellas de su pecho. Como mínimo pasarán dieciséis años para que la afición italiana pueda volver a ver a su país en un mundial. Una cifra contundente que habla por sí sola de todos aquellos que todavía siguen esperando su verano.