Lo musitaba el tiempo, en su vaga intención de recordarnos lo rápido que avanza, y lo oficializó el club. Antoine Griezmann cogerá las maletas al final del presente curso e iniciará una nueva etapa en la MLS vistiendo los colores de Orlando City, quien ya presume de fichaje. Y ante ese anuncio que no era más que un secreto a voces, nos invade inexorablemente una sensación nostálgica. Se aleja otra pieza del puzzle que hemos construido, la de otro futbolista de talla mundial.
Los rojiblancos tienen un nudo en la garganta; porque diez temporadas no son poca cosa. Todas a las órdenes del Cholo, quien siempre ha encontrado en el francés una solución. En el Atleti, el Principito se hizo rey y vivió una historia de amor que se rompió y que buscó recomponer con humildad, esfuerzo y talento para que la afición volviera a abrazarle. Cambió las críticas por aplausos, los silbidos por ovaciones.
Entre esas 211 alegrías que le han convertido en el máximo goleador histórico del club vive esa debilidad por su primer toque, su inteligencia táctica, su contribución defensiva, su comprensión posicional, su capacidad para conectar. Exigente, exquisito, coraje y corazón. Futbolista vestido con dos capas; mono de trabajo y esmoquin de alta gama.
Se marchará sin un balón de oro que hizo méritos por ganar, sin una Liga que llegó para el Atleti justo cuando él eligió otro camino, pero lo hará dejando una estela eterna. Restan nueve partidos de liga, mínimo dos de Champions y una final confirmada que podría ser el broche perfecto para cerrar su trayectoria rojiblanca. Una despedida para la que queda un suspiro, una última canción, un último abrazo con la grada, un último eco en el Metropolitano. Cada gran historia tiene su capítulo final. Extrañar es la huella que deja lo inolvidable.