Lo que prometía ser una tarde plácida en Balaídos acabó convertido en una de esas historias que persiguen a un equipo durante toda la temporada. El Celta pasó de la victoria a asomarse al abismo competitivo en apenas 45 minutos, víctima de un colapso difícil de explicar incluso en un deporte acostumbrado a lo imprevisible. El 3-4 final no solo retrata una derrota: es un relato de desconexión total frente a un Alavés que se negó a aceptar su destino.
El arranque celeste fue un vendaval. Ferran Jutglà abrió el marcador tras una buena acción colectiva y volvió a aparecer antes del descanso para firmar su doblete, consolidando su gran momento de forma. Entre medias, Hugo Álvarez amplió la ventaja en una primera parte en la que el Celta castigó cada desajuste defensivo visitante hasta construir un contundente 3-0 en apenas 37 minutos. Balaídos disfrutaba, el partido parecía sentenciado y el Alavés, superado en todas las líneas, daba señales de rendición.
Pero el fútbol, caprichoso, empezó a girar justo antes del descanso. Toni Martínez recortó distancias en el tiempo añadido y sembró una duda que el Celta no supo gestionar. Tras el paso por vestuarios, el equipo vitoriano regresó irreconocible, impulsado por los cambios y por una fe que contrastaba con el desconcierto local. Ángel Pérez hizo el 3-2 tras asistencia del propio Toni, y el partido entró en una dinámica peligrosa para los de Giráldez, incapaces de recuperar el control.
El empate llegó mediada la segunda mitad, de nuevo con Toni Martínez, esta vez de cabeza, confirmando su papel protagonista en la remontada. El Celta, bloqueado y sin respuestas, incluso vio cómo se le anulaba un posible cuarto gol que habría cambiado el guion. Pero ya era tarde: el Alavés jugaba con la inercia de los equipos desatados y encontró el golpe definitivo en una acción individual de Rebbach, que culminó la remontada con el 3-4 en el tramo final.
Quedaba tiempo, incluso un largo añadido, pero lo que siguió fue más emocional que futbolístico. El Celta empujó sin claridad y se encontró con un Sivera decisivo, autor de una parada salvadora en los últimos instantes. Balaídos pasó del entusiasmo al silencio, mientras el Alavés celebraba una victoria que sabe al deseo de la permanencia y a reivindicación. Para los vigueses, en cambio, queda una lección dura: en Primera División, ningún partido termina cuando parece terminado.