El 3-1 del Atleti ante el Levante, que en frío puede parecer holgado, fue en realidad destilado en dosis de nervio y tiento ante un rival que nunca ganó el papel de convidado de piedra. Lo que parecía un trámite para los hombres de Diego Pablo Simeone se convirtió en una prueba de paciencia y carácter, en un encuentro de aquellos que moldean equipos con alma de contendientes. Antoine Griezmann resultaría clave entrando desde el banquillo.
El Levante, recién ascendido, no se amilanó en un estadio que impone respeto y ofreció una resistencia encomiable. El Atlético se adelantó temprano con un gol en la propia puerta de Dela pero la respuesta granota fue inmediata: Manu Sánchez, ex canterano colchonero, empató en un córner, aprovechando una desatención local. De ahí en adelante, el partido se pobló de duelos, de esfuerzos estériles y de ocasiones perdidas, con un equipo local anestesiado por su propia falta de eficacia ofensiva y un visitante tan disciplinado como insuficiente en área rival.
En ese marco de tensión, la figura de Antoine Griezmann emergió con la puntualidad de los grandes. Simeone lo reservó de inicio, pero a la hora del partido hizo sonar su campana: en su primer toque, el francés adelantó al Atlético, adueñándose de la escena y ahuyentando fantasmas. Griezmann, dueño de los momentos importantes, finiquitó el partido con el tercero tras resolver un balón suelto en el área; su doblete fue tanto alivio como rúbrica de un futbolista que, aun con el depósito bajo, sigue dictando sentencias en la capital.
El Levante, lejos de caer con estrépito, mantuvo su dignidad hasta el final y solo el VAR le birló el consuelo del segundo gol (Carlos Álvarez) en el añadido, por un fuera de juego milimétrico. Los de Julián Calero se van del Metropolitano con la certeza de haber competido hasta el último suspiro, a pesar de acumular cuatro jornadas sin saborear el triunfo y de aproximarse peligrosamente a la zona roja de la clasificación.
Para el Atlético, la victoria es más un síntoma de madurez que de estado de gracia y así lo dejaba entrever Griezmann en las declaraciones post partido. Cuatro triunfos seguidos les mantienen apretando por la cabeza de LaLiga, aunque la imagen deja lecciones para aprender y zonas borrosas por afilar. La sensación es la de un equipo duro, perseverante, con músculo competitivo, pero que sigue sobreviviendo más por el peso específico de sus estrellas que por el flujo colectivo. Griezmann, fiel a su cita, permite a los del Cholo seguir soñando en grande, mientras el Metropolitano, entre la incertidumbre y el alivio, vuelve a saborear una nueva victoria.