Nos hemos acostumbrado a ver a Inglaterra terminar los partidos cantando Wonderwall con su afición. Buen gusto musical y una escena que ya empieza a formar parte de este Mundial. Pero Inglaterra también lleva perfeccionando decadas esto de convertir el sufrimiento en costumbre. Cambian los seleccionadores, cambian las generaciones, cambian las camisetas… pero siempre aparece un momento en el que el aficionado inglés deja de mirar el partido y empieza a mirar el reloj. Como si ya conociera el final.
Contra Noruega volvió a ocurrir.
Durante una hora, Inglaterra fue perdiendo el control del balón, el ritmo y la tranquilidad. Noruega lo olió y fue empujando el partido hacia otro sitio. Dejó de mirar el escudo de enfrente y empezó a jugar como una selección que de verdad se veía en semifinales.
Y durante muchos minutos, pudo hacerlo.
Noruega ha dejado algunas de las mejores actuaciones de este Mundial. Sería injusto resumir su torneo en los siete goles de Haaland. Ødegaard ha dirigido con una naturalidad extraordinaria, Berge ha sostenido al equipo desde el centro del campo y el colectivo ha encontrado una identidad que hace unos años parecía imposible. Eliminó a Brasil convenciendo y estuvo muy cerca de hacer lo mismo con Inglaterra. No fue ninguna sorpresa. Fue un buen equipo haciendo un buen partido.
Entonces apareció Jude Bellingham. Otra vez.
Empieza a resultar extraño escribir sobre Inglaterra sin acabar escribiendo sobre él. Siempre encuentra el momento. Cuando el partido se rompe o cuando todo invita a pensar que Inglaterra volverá a quedarse a medio camino. Tiene esa rara capacidad para aparecer cuando el equipo más lo necesita y cambiar el rumbo de la noche.
Tuchel habló de mentalidad al terminar. Inglaterra había vuelto a meterse en uno de esos partidos que antes acababan con caras largas y el país entero buscando culpables. Esta vez aguantó el temblor y encontró la manera de salir de allí sin añadir otra decepción.
Quizá por eso Wonderwall encaja tan bien con esta selección. Inglaterra volvió a encontrarse con uno de sus viejos fantasmas. Esta vez, simplemente, decidió no hacerle caso.