Siete meses atrás anunciaba que debía superar de nuevo un linfoma de Hodgkin. Kirian Rodríguez empezaba entonces otro camino de vuelta. Lo recorrió por segunda vez, con la fortuna de llegar de nuevo al destino deseado. Hace unas semanas, con su inquebrantable sonrisa, pronunciaba que tenía el alta médica y competitiva. Luis García le convocó para el partido ante el Cádiz.
La Unión Deportiva Las Palmas ganó su encuentro el fin de semana y, de algún modo, todos lo hicimos. Porque tras 243 días fuera de los terrenos de juego por una recaída, Kirian pudo volver a vestir la camiseta, sudarla y ponerle todo el corazón al escudo. El de Candelaria pudo apreciar esa sensación única que un jugador puede experimentar al tener sus primeros minutos. Ese momento con su grada ya es eterno.
No podemos romantizar la enfermedad. El cáncer es una putada y te obliga a pausar tu vida tal como la conocías. Tampoco se puede negarla, ni obviar su aprendizaje implícito. A Kirian no hemos de aplaudirle por ser un “luchador” o ganar una “batalla”. Porque en esa metáfora, sin malicia pero arriesgada, utilizamos una comparación irreal. A Kirian hemos de darle las gracias por mostrar una realidad sin tabúes, por su mensaje sobre la sanidad pública, por reclamar el respeto a la intimidad.
Volver puede implicar un concepto significativo. En este regreso, el fútbol olvidó sus filias y fobias. En ese minuto 77, la camiseta era la misma para todos. Porque cuando alguien le mete un puñetazo a una de las cosas más jodidas que pueden pasarnos, y de las únicas que pueden no tener solución, nos contagiamos y sentimos, inequívocamente, que ese golpe, seco y rotundo, nos pertenece. Ser capaces de hacer nuestra la felicidad de los demás es un logro, también una manera de que el fútbol sea un poco mejor.