Hay futbolistas que no necesitan que les expliques quiénes son. Basta con verles jugar cinco minutos para entender que hay algo diferente ahí dentro. Lucas Boyé es uno de esos. Un delantero que lleva años siendo uno de los secretos mejor guardados de la LaLiga y que en Vitoria, por fin, está recibiendo parte del reconocimiento que merece.
Nació en 1996 en San Gregorio, un pueblo al sur de Santa Fe (Argentina) donde el fútbol no es una opción, es una forma de vida. River Plate lo recogió con catorce años, lo formó, lo catapultó. Ganó la Copa Libertadores en 2015. Todo muy bonito, todo muy grande para alguien tan joven. Pero el fútbol europeo no le abrió las puertas de par en par de inmediato. Le tocó el camino largo. El Torino, el Reading, el Celta, el AEK. La escuela del que tiene que ganarse cada metro.
Llegó al Elche cuando nadie apostaba demasiado por él y allí, entre palmeras, encontró su sitio. Se convirtió en el alma de un equipo modesto, en la referencia de un club que necesitaba a alguien que cargara con todo. Lo hizo. Con dignidad, con goles, con ese fútbol físico y asociativo que lo hace distinto. Luego Granada. Luego Alavés. Siempre el mismo rol: el tipo que sostiene.
Porque lo de Boyé no es solo marcar. Ahí está la trampa en la que cae quien mira el fútbol de reojo. Es ‘un nueve’ que vive lejos del área durante muchos minutos, que baja a recibir, que orienta, que gana duelos donde nadie quiere ganarlos. Cuando el balón no llega bien, cuando el equipo se ahoga y no hay más remedio que dar un pelotazo arriba, Boyé está. Baja el esférico, lo controla, lo distribuye. Abnegación en el esfuerzo e inteligencia futbolística como leitmotiv. Puro trabajo invisible que muy poca gente aplaude en el estadio y que los entrenadores, los de verdad, valoran por encima de casi todo.
Esta temporada lleva ya 9 goles en veinte partidos con el Alavés. Su mejor registro en Primera División. Con treinta años y después de una lesión en verano que le robó semanas importantes. Máximo goleador de un equipo que se abraza a él como si fuera un benefactor. Con él, el equipo vitoriano, compite y sueña con la permanencia. Lo dicen los datos. La aritmética a veces es cruel en su simplicidad.
Boyé es además un jugador generoso hasta el extremo. Pecado de los buenos. En Valencia pudo hacer un hat-trick y acabó cediendo cuando podría haber disparado. Así es él. Un tipo que entiende el fútbol como un deporte colectivo en un mundo donde el individuo lo devora todo. Anacrónico y admirable en partes iguales.
Treinta años, contrato hasta 2029, rendimiento al alza. Hay algo hermoso en que un futbolista que pasó años siendo infravalorado haya encontrado su lugar en el mundo en Vitoria, en un estadio de los de verdad, delante de una afición que le ha dado lo que él siempre ofreció: compromiso sin condiciones.
El fútbol, cuando no mira, produce estas pequeñas injusticias silenciosas. Y cuando tampoco escucha, hay quien sigue marcando igualmente. Lucas Boyé lleva haciéndolo toda la vida.