El Real Betis volvió a demostrar que sabe sufrir para sumar. Ayer, en La Cartuja, los verdiblancos se impusieron por 2-1 al Valencia en un duelo poco estético pero cargado de significado: un triunfo que mantiene viva la ilusión por la Champions League y que dejó ciertas dudas tanto en el juego como en la lectura táctica de ambos equipos.
Salió mejor el Valencia, con mayor verticalidad y agresividad en el primer tramo. Esa iniciativa se materializó pronto: Luis Rioja adelantó a los visitantes en el minuto 20 tras una jugada culminada con un pase de Lucas Beltrán, sorprendiendo a un Betis todavía acomodándose en el partido. Antes ya la había tenido, con un penalti que erró Pepelu y terminó en manos de Álvaro Valles.
Pero el viento cambió de golpe en cuestión de minutos. Apenas tres después, el Betis igualó desde los once metros gracias a un penalti transformado por el Chimy Ávila, tras comprobación del VAR que corrigió la transición del juego.
La segunda parte se convirtió en un ejercicio de desgaste: esfuerzos sin demasiada fluidez, cambios para refrescar ideas y poco brillo creativo por parte de ambos conjuntos. El Betis, con la necesidad de gestionar fuerzas entre liga y competiciones europeas, mostró síntomas de cansancio que el Valencia no llegó a aprovechar con contundencia.
Cuando parecía que el empate sería inamovible, emergió la heroica bética. En el minuto 88, Pablo Fornals selló un triunfo que vale más que tres puntos: arrancó tras una galopada de Nelson Deossa por la banda y definió con criterio para poner el 2-1 definitivo y desatar la euforia en La Cartuja.
No fue la mejor versión del Betis, ni mucho menos. Las imprecisiones, los espacios concedidos y la falta de chispa. Con este resultado, sigue quinto en la tabla, a siete puntos de la Champions, y con la sensación de que en este sprint final cada victoria —aunque sufrida— puede marcar diferencias.