La selección española femenina firmó en Berna una demostración rotunda del gran momento que atraviesa. Ante una Suiza crecida y arropada por más de 25.000 aficionados en el Wankdorf, el combinado de Montse Tomé se enfrentó a todas las dificultades posibles: dominio estéril durante más de una hora, dos penaltis desperdiciados y un ambiente totalmente adverso.
La respuesta fue la que marca a los equipos campeones. España no perdió ni la paciencia ni su identidad. Con el partido atascado, los cambios de Tomé aportaron frescura, y en apenas cinco minutos la Roja dictó sentencia: Aitana inventó, Athenea del Castillo irrumpió con pierna firme y Claudia Pina remató el desafío con un golazo desde la frontal. Dos zarpazos de alta escuela en medio del sufrimiento, que certifican el salto competitivo del grupo.
Si algo define a la España actual es su capacidad para imponerse desde el juego, también en escenarios incómodos. Las campeonas del mundo no solo supieron mover a Suiza hasta desbordar su defensa, sino que, aun fallando dos penaltis y topando dos veces con la madera, jamás dejaron de atacar ni rebajaron la intensidad.
Con una defensa solvente y una mentalidad inquebrantable, la selección mostró madurez para manejar partidos exigentes y carácter para decidirlos cuando cuentan los detalles. Cata Coll, protagonista inesperada bajo palos, también respondió con seguridad en el momento que hizo falta.
España sigue escribiendo una historia de presente y futuro. Superó, por primera vez en una Eurocopa con cruces eliminatorios, la barrera que tantas veces supo a piedra. El billete a semifinales refuerza la sensación de superioridad y cohesión de un equipo que ya no se contenta con títulos pasados: las jugadoras quieren más y saben cómo lograrlo. El gran momento no es casualidad, es la consecuencia natural de un grupo hecho para intentar marcar época.