El ejercicio de superioridad que evidenció España ante Serbia debe servir para tener todas las certezas que no supo encontrar frente a Egipto. España fue, durante gran parte del partido, un equipo irreconocible. Con muchas rotaciones y sin algunas de sus piezas estructurales en el centro del campo, le faltó continuidad, ritmo y, sobre todo, claridad. Egipto, ordenado y disciplinado, entendió el plan: cerrar por dentro, resistir y esperar su momento. Y lo tuvo. En la primera parte, Omar Marmoush estrelló un balón al palo en la ocasión más clara del conjunto africano, mientras los de Luis de la Fuente transitaban el partido sin encontrar soluciones.
El descanso cambió el paisaje. La entrada de Rodri, Pedri o Fermín López devolvió a España algo reconocible: control, ritmo y una ocupación más lógica de los espacios. El equipo empujó, acumuló ocasiones y encerró a Egipto, pero sin el punto de precisión necesario para convertir dominio en gol. Alejandro Grimaldo rozó el tanto con una falta al larguero en el tramo final, símbolo de una noche en la que todo se quedó a medias.
Ni siquiera jugar los últimos minutos con superioridad numérica terminó de romper el partido. España insistió, pero sin filo; Egipto resistió, pero sin sufrir en exceso. El 0-0 final no es tanto un tropiezo como un aviso: hay una distancia evidente entre el equipo titular y las pruebas, entre la idea y su ejecución.
Más allá del césped, el partido dejó también un episodio que no debería tener cabida en el fútbol. Algunos cánticos inapropiados desde la grada obligaron a recordar que el respeto no es negociable. Un episodio lamentable.