El Carlos Belmonte vivió anoche una de esas veladas que no se olvidan. En un ambiente eléctrico y con niebla envolviendo el campo, el Albacete Balompié protagonizó la gran sorpresa de los octavos de final de la Copa del Rey al eliminar al Real Madrid por 3-2, en lo que fue además la primera derrota del conjunto blanco con Álvaro Arbeloa como técnico.
El Albacete, con una fe que no cotiza en bolsa, convirtió la noche en una de esas que se cuentan durante décadas: orden, valentía y una lectura emocional del partido que desarmó a un rival acostumbrado a mandar incluso cuando no gobierna.
Los goles no llegaron hasta el minuto 42, cuando, tras una buena jugada a balón parado, Javi Villar cabeceó al fondo de la red para poner el 1-0 local y desatar la euforia en las gradas, aunque Franco Mastantuono puso el encuentro en tablas en el tiempo añadido del primer tiempo, tras un saque de esquina y un rebote que aprovechó con contundencia.
En el segundo acto, los goles también tardaron en llegar. El dominio territorial del Madrid no se tradujo en ocasiones claras, y fue el Albacete quien volvió a golpear. En el minuto 82, el delantero Jefté Betancor recogió un balón tras un córner y con un potente disparo puso el 2-1 que reavivó las esperanzas locales. El partido entró luego en un tramo de infarto: Gonzalo García rubricó un testarazo para el 2-2 en el minuto 91, rematando un centro medido de Arda Güler que volvió a encender la esperanza madridista.
Parecía que la tensión se iba a prolongar hasta la prórroga, pero la historia de la noche tenía reservado un final épico. En el tiempo añadido, Jefté Betancor volvió a aparecer como héroe absoluto: en el 94’ culminó una contra con un disparo certero al rincón de la portería para sellar el 3-2 definitivo y la clasificación del Albacete a cuartos de final, desatando la locura en el Belmonte y dejando al Real Madrid fuera de la Copa del Rey en el último suspiro. Fue una victoria histórica para los manchegos y un duro revés para el proyecto de Arbeloa, que en su debut oficial no pudo frenar el ímpetu de un rival que hizo de la fe y la efectividad sus mejores armas.