No era un partido cualquiera, era una semifinal cargada de simbolismo. Argentina, Inglaterra; otro capítulo de rivalidad histórica. En juego, un ansiado billete para la última cita. Lo agarró Argentina. Con corazón, fe, fútbol. Lo dejó escapar Inglaterra, entre conformismo e impotencia. A la Albiceleste le dio lo mismo que el fútbol lo inventaran los ingleses; Argentina lo convirtió en una parte esencial de su identidad. Lo dijo Scaloni tras el partido: “Somos únicos, y no es arrogancia”.
La incomodidad estuvo patente en el césped. Un primer tiempo con el juego atropellado, entre roces e interrupciones, y escasez de peligro y ocasiones. Pero todo cambió cuando Harry Kane encendió una jugada con un pase largo, Rogers y Bellingham desajustaron a la zaga argentina y Anthony Gordon castigó. Paradójicamente, Inglaterra cavó su propia tumba desde la ventaja. Renunció a controlar el partido y regaló el balón. Tuchel quiso blindar el resultado, pero terminó encerrando a su equipo. Argentina la hundió. Demasiado corazón ante un rival que había perdido el alma.
Scaloni agitó la coctelera. Argentina nunca dejó de creer ni se dejó aterrorizar por las agujas del reloj. Como si no le perteneciera, trasladó ese miedo a su rival, que no supo ni pudo protegerse. Le bastaron siete minutos al combinado albiceleste. Messi, siempre Messi, activaba la chispa argentina con sus envíos, tan dulces como crueles, tan elegantes como violentos. En una de esas posesiones, vio a Enzo y sus intenciones. Los ingleses no recordaron su facilidad para armar la pierna. Solo Bellingham salió a intentar tapar un disparo que ya estaba escrito. Inventó otra el astro argentino, y Lautaro fue la guillotina.
Argentina está en la final tras un ejercicio de resistencia, otro más. Sus eliminatorias no se explican sin sufrimiento y una fe que jamás se evapora. Dos prórrogas y dos remontadas resueltas en el último suspiro. El guion que escapa de la lógica, un milagro convertido en costumbre. Hay algo divino en este relato. El Diego, desde ese lugar donde viven los mitos, seguramente observó el desenlace con su sonrisa eterna.