Todos conocen al fugitivo, pero nadie logra alcanzarlo. Marruecos tampoco pudo. El camino de su sueño le llevó hasta Francia, otra vez. Nunca estuvo cerca de darle caza; la selección de Didier Deschamps volvió a cerrar la puerta con contundencia. Apenas se sintió amenazada y gobernó el partido desde una calma impropia de unos cuartos de final, sellando el billete a unas semifinales mundialistas por tercera edición consecutiva. Casi nada.
El combinado marroquí se aferró a la protección de Bono, que volvió a exhibirse desde los once metros al negarle el gol a Kylian Mbappé. Hasta que no pudo obrar más milagros. Francia se recolocó el atuendo de superioridad en el vestuario y solo necesitó seis minutos del segundo acto para oler los espacios y apretar el acelerador. Mbappé enmendó el propio error para transformar el acierto. Francia se alimenta de ese segundo de ventaja permanente que regala en cada transición, una diferencia tan pequeña en el reloj como enorme sobre el césped.
Que Francia llegara a la Copa del Mundo como una de las grandes candidatas al título no es cuestión de precedentes ni una afirmación elegida al azar. Su principal argumento siempre fue la velocidad de su ataque, o más bien disponer de distintas cartas para ejecutarla a la perfección. En su manual de instrucciones, una recuperación es el prólogo de una ocasión de gol. Se come metros de campo en un parpadeo. Su ataque no es rápido; es devastador. Pero Francia no solo vive de sus estampidas ofensivas. Detrás del vértigo, está el control, y los frenos fiables. Un conjunto de elementos capaz de esconder las carencias que pueda tener este equipo. Nadie las ha destapado.
A estas alturas, seguimos con la sensación de que Francia todavía tiene algo en la recámara. Y esa impresión basta para generar respeto y hacer inevitable que siga instalada entre las grandes candidatas. Marruecos fue el último en comprobarlo. Los demás ya conocen el aviso: perseguir a Francia es una cosa; alcanzarla, de momento, sigue siendo otra muy distinta.