No sería justo que en cualquier balance de la victoria de España ante Austria no se expusiera el valor colectivo. Tras una fase de grupos que quedó lejos de las expectativas, España ahuyentó el pesimismo y volvió a mostrar su candidatura. Si bien tiene margen de mejora, no hay dudas para definir su actuación en el primer cruce de eliminatorias. La primera que supera desde 2010. Un triunfo convincente en el que volvió a reconocerse.
En ese escenario volvió a aparecer Mikel Oyarzabal. Dos goles más para empujar a la selección y seguir agrandando un papel que hace tiempo dejó de ser anecdótico. España encuentra en él un argumento fiable, sostenido tanto por los números como por el compromiso. Seis goles en la clasificación al Mundial. Cuatro en los partidos que España ha disputado en esta Copa del Mundo. Sacrificio, inteligencia posicional, lectura de espacios, eficacia.
Bajo esa apariencia reservada, casi impermeable al ruido, el chico de Eibar se ha instalado entre los grandes nombres ofensivos de la selección. Ya es el sexto máximo goleador de la historia de España. En la clasificación de artilleros del Mundial, solo tiene por delante a nombres como Messi, Mbappé y Haaland. Una compañía que parece reservada para futbolistas de otra dimensión. Y, sin embargo, él sigue siendo el mismo.
Resulta paradójico que un futbolista tan decisivo continúe viviendo casi al margen del relato. Sin ruido. Sin excesos. Atrapa los elogios desviando la mirada, como si no le pertenecieran. Mikel cree que ese traje le queda grande, porque nunca quiso ni siquiera probárselo.
Mientras el fútbol convierte a los delanteros en iconos globales, él sigue más cerca del barrio que del escaparate. Toda una vida en la Real Sociedad. La misma gente. La misma cuadrilla de siempre. Y aquella imagen tras ganar la Eurocopa y otorgarle la felicidad a todo un país: sus amigos esperándole, abrazándole como si volviera arrastrando la maleta de otro viaje de vacaciones. Un chico cualquiera que no es un futbolista cualquiera. Mikel Oyarzabal ya no es una historia bonita del fútbol español. Es una de sus certezas más incuestionables.