Y ya está. Podemos darle todas las vueltas tácticas que queramos, hablar de ritmos, de alturas, de posesión, de Vinicius amenazando cada vez que encontraba un metro o de Japón resistiendo como si el partido fuera el último capítulo de Oliver y Benji. Pero al final aparece esa camiseta amarilla, se pone el partido raro, te entra la duda, miras el reloj y piensas lo mismo de siempre. Algo va a pasar.
Porque todos queríamos este cruce. Brasil contra Japón. Nuestra infancia contra la samba. El campo infinito de Oliver Atom frente a una selección que lleva décadas jugando con la mochila más bonita y más pesada del fútbol mundial: Pelé, Garrincha, Sócrates, Romário, Ronaldo, Ronaldinho, Neymar. Nombres que inspiran, claro. Pero que también aprietan. Porque a Brasil no se le mira igual. A Brasil no le basta con pasar. Tiene que pasar y, de paso, justificar el por qué.
Japón golpeó primero con Kaishu Sano. Nada de fiesta brasileña. Nada de partido para ponerle música alegre por encima. Tocó remar, insistir y convivir con la incomodidad. Brasil también ha notado que este Mundial está repartiendo golpes.
Y ahí hizo algo muy de equipo grande. No se volvió loca. Fue metiendo a Japón atrás, acumulando llegadas, buscando a Vinicius para estirar el campo y apoyándose en Bruno Guimarães y Paquetá para no partirse por dentro. Gabriel Magalhães y Marquinhos sostuvieron la salida, Casemiro apareció como buen entendedor del partido y Martinelli encontró en el descuento la llave para pasar a octavos.
El 2-1 fue corto para lo que empujó Brasil. Tuvo el 61,6 por ciento de posesión, remató 19 veces y acumuló 250 recepciones en el último tercio. No fue una exhibición para vender muchas camisetas, pero sí para ganar. Japón se marchó con dignidad. Ya no es solo un recuerdo de dibujos, ni una portería que nunca llegaba, ni una infancia frente a la tele. Es una selección seria, ordenada, adulta. Compitió y obligó a Brasil a ponerse seria.
Y quizá ahí está la lectura. Brasil no bailó toda la noche. No lo necesitó. La samba no sonó en cada una de las jugadas. A veces aparece tarde y con barro en las botas, cuando el partido se está cerrando y toca demostrar que sabe sobrevivir.