El Levante dio un paso adelante en la lucha por la permanencia tras imponerse por 2-0 al Alavés el pasado viernes en el Ciutat de València, en el encuentro que abría la jornada 26 de LaLiga. El equipo valenciano, que llegaba penúltimo y con cuatro derrotas consecutivas, encontró aire gracias a un triunfo trabajado que le permite alcanzar los 21 puntos y mantenerse con vida en la pelea por la salvación, mientras que el conjunto vitoriano dejó escapar una oportunidad importante para alejarse de la zona peligrosa.
El partido comenzó con un Alavés más reconocible y decidido, dominando durante muchos tramos de la primera mitad. Los visitantes generaron las mejores ocasiones antes del descanso, pero se toparon con un inspirado Mathew Ryan, decisivo con varias intervenciones de mérito que evitaron el 0-1. El Levante resistió en los momentos más delicados, consciente de que el encuentro tenía valor de final directa entre rivales con el mismo objetivo.
Tras el paso por vestuarios el choque cambió de tendencia, especialmente después de la expulsión de Víctor Parada en torno a la hora de juego, una acción que dejó al Alavés en inferioridad durante el último tramo. El Levante ganó metros y empezó a jugar con mayor continuidad cerca del área rival, acumulando llegadas que fueron minando la resistencia de un conjunto vitoriano cada vez más replegado.
El desenlace llegó en los minutos finales con la irrupción de Carlos Espí, protagonista absoluto de la noche. El joven delantero firmó un doblete en los instantes decisivos —incluido el definitivo en el tiempo añadido— y selló una victoria que desató la euforia en el Ciutat. Sus dos primeros goles en un mismo partido de Primera División confirmaron el crecimiento del canterano y dieron al Levante tres puntos de enorme valor competitivo y emocional.
Más allá del resultado, el triunfo supone un impulso anímico para el Levante y rompe una dinámica negativa que amenazaba con condenar sus opciones de permanencia. El Alavés, por su parte, se marchó con la sensación de haber perdonado en la primera mitad y de haber quedado condicionado por la inferioridad numérica en la segunda. La victoria granota estrecha la lucha por la salvación y refuerza la idea de que, a falta de doce jornadas, el margen de error empieza a ser mínimo para todos los implicados