El Celta de Vigo se llevó una victoria agónica por 2-1 ante el Levante en el Ciutat de València, firmando un duelo áspero donde no faltó el drama, la épica ni las polémicas arbitrales. El choque, marcado por la expulsión de Unai Vencedor antes de la media hora, navegó entre el dominio gallego y el coraje levantinista, desembocando en una resolución tan cruel para los granotas como memorable para los celestes. Fue Miguel Román, canterano celeste, quien escribió su nombre en la historia con un tanto en el 91′ que vendió la gesta visitante y dejó a los de Calero doblados por la impotencia.
El arranque fue de impulso contenido, de estudio táctico sin concesiones ni aventuras; ambos equipos midieron fuerzas y solo Bryan Zaragoza, con una volea potente desde la izquierda, agitó de veras el ambiente antes del cuarto de hora. El Levante respondió con una transición vertiginosa culminada por Arriaga, pero su remate se topó con una zaga gallega bien plantada. La igualdad territorial difícil poco: el Celta comenzó a cercar el área local con centros venenosos y Borja Iglesias y Carl Starfelt rozaron el primero sin fortuna, preludio de lo que sería una presión asfixiante de los visitantes.
La inflexión llegó en el 29′: una entrada a destiempo de Unai Vencedor sobre Ilaix Moriba, revisada por el VAR, salió al Levante con uno menos y desdibujó sus planes. Pese a ello, los granotas rozaron el milagro: primero el rumano Radu salvó una chilena de Etta Eyong, luego el propio camerunés estrelló un penalti en el poste tras una mano de Javi Rodríguez. El guion se torció al máximo cuando, apenas tres minutos después del error desde los once metros, Óscar Mingueza cazó un rechace en la frontal y soltó un disparo a la escuadra, imposible para Ryan, que puso en ventaja al Celta antes del descanso.
Lejos de rendirse, el cuadro local regresó de vestuarios con Olasagasti como pulmón y retoques ofensivos que permitieron, todavía en inferioridad, soñar con el empate. La fe de Brugué y un Etta Eyong indomable mantuvieron al Levante con vida, hasta que al 66′, un rechace caído del cielo fue cazado por la roca hondureña Kervin Arriaga y, con un derechazo, devolvió las tablas al luminoso. El Ciutat rugía, el Levante mordía y Giráldez buscaba soluciones: entraron Iago Aspas y Román, y el partido abrazó el descontrol total.
Pero en el fútbol, el tiempo y el espacio son a menudo traicioneros. Cuando el empate parecía sellado, llegó el golpe final: corría el 91′ y un centro, peinado por Óscar Mingueza, encontró a Miguel Román en la frontal, que fusiló raso y cruzado al palo largo, silenciando la grada y catapultando al Celta a la undécima plaza con 13 puntos. El Levante, herido por la adversidad y los detalles, queda ahora anclado a la zona baja, en una travesía donde cada error puede ser fatal y cada gesta, una tabla de salvación que, esta vez, vestía de celeste