Nada duele tanto como estar tan cerca, rozar la copa con los dedos, soñar con la triple corona… y ver cómo la gloria se escurre, no por falta de fútbol, sino porque el destino se decidió desde los once metros. La final de la Eurocopa quedará tatuada en la memoria del fútbol español como otra noche de orgullo y sabor amargo, en la que Inglaterra impidió la última conquista que faltaba por lucir en la vitrina de una generación irrepetible.
España fue mejor durante largas fases. El derechazo de Mariona Caldentey tras un centro quirúrgico de Ona Batlle en el minuto 25 aumentó la ilusión de una afición que no dudó de las suyas. Con la confianza de una campeona mundial, La Roja dominó la pelota y el ritmo ante una Inglaterra más pragmática que brillante.
Pero el fútbol suele reservarse varios capítulos en las finales, y el de Alessia Russo no podía faltar. La delantera inglesa apareció en el 57 para empatar de cabeza y silenciar a la España. Desde entonces, el relato fue cambiando poco a poco. Los nervios, la contención, el agotamiento.
Los penaltis, ese terreno movedizo que España no consigue domar, pese al cambio generacional, a la psique trabajada y al respaldo de un fútbol que ya se siente grande. Tres lanzamientos españoles se marcharon al limbo; los de Mariona, Aitana y Salma. Solo Patri Guijarro acertó. Y aunque Cata Coll detuvo dos lanzamientos, el penalti definitivo, a cargo de Kelly, sentenció la ambición española y rubricó la corona inglesa, segunda consecutiva para las Lionesses de Sarina Wiegman. Tercera consecutiva para una seleccionadora que ha logrado el trofeo con dos selecciones distintas.
A pesar del desenlace, España volvió a mostrar que la cima está al alcance y que el futuro lo escribirá tarde o temprano.