Buenos días para ti que lees esto. Son las 07:46 de la mañana y sigo despierto procesando aún los dos partidos que el Mundial nos acaba de regalar. Paraguay y Marruecos dentro. Alemania y Países Bajos fuera. El statu quo del fútbol internacional en jaque y el Campeonato del Mundo que entra en la fase donde las balas son de verdad y no de fogueo. Dos prórrogas tensas, dos tandas de penaltis impresionantes, dos porteros coronados, dos clasificados que ríen y dos eliminados que lloran. Himnos que ahora suenan muy diferentes a la fase de grupos porque la exigencia es otra. Sangre, sudor y lágrimas. Puritito Mundial.
Llegados a estas instancias ya no hay colchones de seguridad, ya no hay puntos que sumar ni goles que contar. Adiós a los grupos manufacturados y damos la bienvenida a eliminatorias donde cada una de ellas son un microcosmos. Con sus villanos y sus héroes. El espectador toma partido en base a sus filias y sus fobias. Sufres y te emocionas. Puritito Mundial.
Ahora es todo o nada. ‘Win or go home’. Las piernas tiemblan, las dudas acechan y las etiquetas de favoritos son simple marketing con el que gente como tú o yo pasamos el rato. Emergen protagonistas inesperados que te cautivan. Actores de reparto se convierten en estrellas y los teloneros en cabezas de cartel. Centrales que deberían cumplir condena mutan en tu animal mitológico favorito y los porteros evolucionan en superhéroes. El resistir como leitmotiv. Llegados a este punto solo importa quien entra más duro, quien gestiona mejor las emociones y los nervios. La calidad no importa más que la competitividad. El tiempo de gustar ya caducó. Se celebra.
Ahora tan solo importa sobrevivir a cualquier precio. Esta y no otra es la esencia del mejor torneo deportivo del planeta. No son futbolistas, son soldados defendiendo a su país. Noches como las de hoy te recuerdan por qué decidiste abrazar este bendito deporte y por qué el quitarte horas de sueño en un Mundial siempre saldrá a devolver. Dormir es de cobardes.
Ahora sí, ‘buenas noches’.