Lo sabía la federación francesa cuando anunciaba su lista y la plasmaba en una carta de restaurante. Viajaba al Mundial con un amplio repertorio de futbolistas para crear una receta ganadora. Francia posee un abanico de jugadores diferenciales que definen un ataque devastador. Un sólido argumento que refuerza claramente su candidatura al torneo.
Sus piezas ofensivas han congeniado a la perfección y han confirmado lo que podíamos vaticinar de esta selección; que si pisa el acelerador se lleva lo que quiere por delante. En la cocina de Francia, dónde se preparan los goles, Michael Olise es el pinche perfecto.
Su temporada en el Bayern, donde ha brillado en un escaparate como el de la Champions League, auguraba que su debut mundialista no iba a pasar desapercibido. Una asistencia ante Senegal y dos frente a Irak. En ambos partidos, dando el pase de gol para abrir la lata. Los datos hablan por sí solos de su capacidad para generar ocasiones. Lleva la cifra de 30 asistencias sumando sus aportaciones a club y selección. Una barbaridad.
Pero lo de Olise no es pura traducción numérica. Los datos reflejan su impacto, pero no alcanzan a explicar todo lo que sucede cuando recibe el balón. Cuando acelera, Francia gana profundidad. Cuando se detiene, encuentra claridad. Y cuando aparece cerca del área, provoca la inevitable sensación de que algo va a ocurrir. Un perfil creativo y talentoso, capaz de combinar la elegancia de sus gestos con la crueldad de sus decisiones, que agita, desborda, lee los espacios, encuentra líneas de pase y le da sentido al ataque francés.
Sin duda, Michael Olise es un ingrediente esencial en el plato estrella que cocina esta selección. Juega y hace jugar al resto. Su influencia se ha potenciado instalado por dentro, activando una clara conexión con Mbappé. Francia tiene futbolistas capaces de decidir partidos. Olise, además, tiene la capacidad de condicionar cómo se juegan. Y eso le convierte en una de las grandes armas de esta selección. Qué futbolista.