México cerró la fase de grupos como se cierran las campañas que aspiran a dejar huella: ganando. La selección de Javier Aguirre derrotó por 3-0 a República Checa en el Estadio Azteca y completó un pleno histórico de nueve puntos sobre nueve posibles para acceder a los dieciseisavos de final como líder incontestable del Grupo A. Tres victorias, seis goles a favor y ninguno en contra resumen el rendimiento de un equipo que, además de resultados, transmite cada vez más sensación de solidez.
El marcador, sin embargo, tardó en reflejar la superioridad mexicana. Durante una primera mitad más espesa que brillante, Chequia consiguió mantenerse con vida pese a estar obligada a ganar para conservar opciones de clasificación. El partido cambió definitivamente tras el descanso. En el minuto 55, Mateo Chávez rompió la resistencia europea al culminar una acción que liberó a todo el estadio. Apenas seis minutos después, Julián Quiñones aprovechó un balón suelto dentro del área para firmar el 2-0 y dejar el encuentro prácticamente sentenciado.
Con la ventaja asegurada, México manejó el ritmo del choque con autoridad y sin conceder espacios a un rival cada vez más resignado. La fiesta quedó completa en el tiempo añadido, cuando Álvaro Fidalgo rubricó el 3-0 definitivo tras una acción que simbolizó el espíritu de la noche. El centrocampista puso la firma al resultado que confirmaba el mejor arranque mundialista de la historia de la selección mexicana y cerraba una fase de grupos impecable.
Pero el fútbol quedó por momentos en segundo plano cuando llegó el minuto 77. Guillermo Ochoa ingresó al terreno de juego para disputar los últimos compases del encuentro y recibir el homenaje de un estadio entregado a una de las grandes figuras del fútbol mexicano. El guardameta, ovacionado por más de 80.000 aficionados, sumó una nueva aparición mundialista y vivió una despedida cargada de emoción, con el brazalete de capitán y el reconocimiento de varias generaciones de aficionados.
La clasificación era una obligación; la forma de conseguirla ha sido toda una declaración de intenciones. México ha superado la primera fase sin una sola derrota, sin encajar un gol y mostrando recursos para dominar partidos distintos. Ahora llegan los cruces, donde desaparecen las redes de seguridad, pero el conjunto de Aguirre aterriza en ellos con argumentos que pocos equipos pueden exhibir después de tres jornadas.