Pocos imaginaban verle así a estas alturas, cuando a este equipo le faltaba chispa y, por más que rebuscaba en sus bolsillos, no encontraba rastros de la misma. Sin embargo, el conjunto verdiblanco, como un animal que muda su piel, reemplazó todas esas dudas por una versión que le ha llevado a certificar su clasificación europea por quinto año consecutivo, tener ventaja a favor para la vuelta de las semifinales de la Conference League y estar en la lucha por una plaza en la Champions. Todo al verde.
A un punto del Villarreal, este Betis no va a bajar los brazos. Osasuna, Rayo, Atlético y Valencia. De los últimos diez partidos, ha ganado ocho; tumbando al Real Madrid y llevándose un derbi sevillano. Solo ha cedido puntos con el líder de la competición y, justamente, con el conjunto groguet.
Sin duda, el gran culpable de los viajes por Europa es Pellegrini. Billete, maleta, y a volar. El Betis acumulará cinco temporadas paseándose por estadios del Viejo Continente. Todas se han dado desde la llegada del técnico chileno al césped del Benito Villamarín. El Ingeniero sabía cosas.
El Betis se llevó tres puntos de Barcelona. Lejos de arrebatarle la victoria a su rival sigilosamente, entró como un elefante a una cacharrería y silenció el templo perico. Seis minutos. Estruendo, golazos, euforia.
Lo Celso escribió poesía con una jugada individual y Anthony, bautizado como Antonio de Triana, iluminó el destino del Betis. Di la verdad. ¿Cuántas veces has mirado ese gol que desató la locura? Es el momento de Antony, te lo dijo Héctor Ruiz en su narración. El brasileño, que venía de pasar frío y tormentas, está encantado en Heliópolis, ciudad del sol. “Cuando celebré el gol fui a dar un abrazo a Pellegrini, le estoy muy agradecido».
De madrugada, la afición verdiblanca recibió a sus jugadores para impulsarlos hasta una nube. La sonrisa de Isco delataba la ilusión que se respira en Sevilla. Tres puntos que se celebraron como un título. Táctica, técnica y, por encima de todo, la felicidad. La cabeza manda más que las piernas. El Ingeniero sabía que lo único que necesitaba era alimentar la mente de sus futbolistas. Larga vida a Manuel Pellegrini Ripamonti.