La madrugada de la piscina en Singapur olía a redención, a ese tipo de épica silenciosa que sólo entiende quien ha conocido recientemente el naufragio. Así salió España al agua: con las cicatrices todavía frescas de la debacle ante Hungría y el sabor amargo de una semifinal que fue un varapalo. El bronce era lo que quedaba, sí, pero el partido ante Estados Unidos era, además, una cuestión de carácter.
Porque el duelo entre España y EEUU, históricamente, sabe a final, a rivalidad de esas en las que el agua parece más densa. Lo que estaba en juego era la reivindicación de seguir siendo parte de la élite mundial. Y ahí las españolas, que ya no sienten pavor ante la bandera de las barras y estrellas (esa que tan a menudo las apartó del oro), salieron a jugar como quien reivindica un sitio en la historia.
El encuentro fue un carrusel de intensidad y orgullo. Chispazos desde el esprint inicial -directo a saque neutral, reflejando lo igualado del duelo-, paradas de las Terré, y cuatro goles de una Anni Espar que se empeñó en recordarle al mundo que la capitana todavía manda en el agua. Al otro lado, las estadounidenses -renovadas pero aún temibles- encontraron resistencia en una defensa española que puso cemento a cada ataque rival, especialmente en el primer cuarto, cuando tres superioridades consecutivas de las norteamericanas acabaron bloqueadas o desbaratadas.
España supo sobrevivir a los envites, manejar la ansiedad y, por momentos, gobernar el ritmo del partido con la cabeza más fría de lo que sugería la sangre caliente de la derrota previa. No dominó con holgura (“sólo” un gol arriba, 12-13 al cierre), pero sí supo sostenerse cuando las estadounidenses apretaron el marcador. Fue un ejercicio de supervivencia y oficio, más que de brillo o plasticidad.
Al sonar la bocina final, la piscina no estalló: exhaló. Porque lo de esta generación de waterpolistas no es solo ganar medallas -que ya van seis en los últimos ocho mundiales-, sino resistir a la decepción de verse fuera de la final, reinventarse y volver a mostrarse en el podio mundial. El oro seguirá esperando desde Barcelona 2013, pero nadie ha conseguido bajar a España del cajón.
El bronce es sinónimo de orgullo, pero sobre todo de carácter. Las guerreras del agua, esta vez, han cerrado la herida con una medalla. Y en el vestuario, entre abrazos y exhalaciones, la promesa de regresar a lo más alto.