Cuarenta y cuatro minutos le bastaron a Elena Rybakina para llevarse el primer set de la final del US Open, y esos cuarenta y cuatro minutos ya anticipaban lo que se avecinaba para Aryna Sabalenka: la ruptura de una racha de veinte victorias consecutivas en Flushing Meadows y la pérdida del trono que había ocupado, casi sin discusión, durante las últimas noventa y nueve semanas. La kazaja se impuso 6-4, 5-7 y 6-2 en el Arthur Ashe Stadium, certificando su tercer Grand Slam de la carrera y, con él, el ascenso al número uno del mundo apenas cuatro días después de haberlo conquistado matemáticamente.
El primer set tuvo algo de anomalía estadística que solo los grandes campeones logran convertir en ventaja: Rybakina se llevó el parcial por 6-4 completando apenas el 27% de sus primeros saques, un dato que en cualquier otra final hubiera resultado fatal, pero que la kazaja compensó con un temple inquebrantable en los puntos decisivos, sin ceder una sola bola de rotura en todo el set. Sabalenka, visiblemente incómoda consigo misma y verbalizando su frustración hacia su propio banquillo, no encontraba el ritmo que la había llevado a ser bicampeona defensora del título.
La reacción de la bielorrusa, sin embargo, llegó con la contundencia de quien no está dispuesta a rendirse sin pelear. Sabalenka se llevó el segundo set por 7-5, devolviendo toda la tensión a una final que ya empezaba a evocar el recuerdo de su reciente duelo en la final del Abierto de Australia, resuelto apenas siete meses antes también a favor de la kazaja. Pero el tercer set confirmó el patrón que ya define buena parte de este enfrentamiento directo: Rybakina reservó su mejor tenis para el momento decisivo, abriendo una ventaja de 5-2 que resultó ya insalvable, mientras Sabalenka, desbordada por la presión del momento, terminaba estrellando la raqueta contra la pista en el punto de partido.
«Nunca tuve tanto éxito en los últimos diez años. Me estoy enamorando cada vez más de Nueva York», confesó Rybakina, entre lágrimas de una emoción poco habitual en su semblante siempre imperturbable, antes de recoger un cheque histórico de 5,5 millones de dólares, el premio individual más alto jamás repartido en un Grand Slam. Con este triunfo, la kazaja cierra un 2026 extraordinario —título en Australia, ahora en Nueva York, tercer trofeo grande de la temporada, empatada con la propia Sabalenka y con Mirra Andreeva— y certifica su ascenso a lo más alto del ranking mundial.
Para Sabalenka, el golpe es doble: pierde el número uno y cierra el año sin ningún título de Grand Slam en su casillero, un dato que contrasta dolorosamente con su dominio de las últimas dos temporadas. El tenis femenino, sin embargo, ya tiene nueva reina, y su corona, esta vez, se ha forjado con hielo, paciencia y la precisión quirúrgica de quien sabe guardar lo mejor para el instante que de verdad importa.