En la era Guardiola, Leo Messi celebraba -tras ganar la Liga y la Champions League- vistiendo una camiseta que rezaba un poderoso mensaje: “El futbol et torna el que li dones”. La recompensa del sacrificio, el esfuerzo, la entrega. Siempre tuve la sensación de que el fútbol tenía una deuda enorme con el astro argentino, que esa suma de títulos y reconocimientos individuales ni siquiera iba a ser suficiente.
El balompié le había mostrado a Messi sus dos caras, como las de una moneda. Las victorias, el éxtasis, el icono global. Las derrotas, la tristeza, las críticas. Entre sus heridas, Leo tuvo una en particular que tardó en cicatrizar. Porque antes de que Messi entrara en el paraíso de los campeones del mundo tuvo que pasar por el dolor de cuatro finales perdidas con su selección: la final de la Copa América en 2007 ante Brasil, la final del Mundial de 2014 ante Alemania y la final de la Copa América 2015 y 2016 ante Chile. Pero, además, tuvo que soportar el reproche que le etiquetaba como ‘pecho frío’ en esa exigencia de carácter y pasión por la camiseta y sostener la eterna comparativa que le ubicaba frente a Maradona; cuando la característica rebeldía del de Lanús no se parecía ni un ápice a la prudencia del rosarino.
Desde Qatar, Messi parece vivir en un territorio distinto. Ya no juega para completar su legado, sino para expandirlo. Antes perseguía una historia incompleta, ahora se divierte reescribiéndola. En la batalla contra el reloj, Messi desafía una ley que suele ser invencible. Cada gol es una pequeña victoria frente a la lógica. Lo extraordinario no es solamente que Messi haya superado a Klose. Que además lo ha logrado el día que se cumplen 40 años de la mano de Dios; caprichoso destino. Lo es, sobre todo, que el fútbol y el mundo hayan cambiado de piel y él siga ahí, como un único elemento constante. Los 18 goles son una cifra. Los veinte años que separan el primero del último son la verdadera hazaña.
Messi ha tenido la valentía de seguir ampliando un horizonte que ya parecía infinito. Al echar la vista atrás, resulta imposible abarcar la dimensión de todo lo que lleva su firma. Y, sin embargo, como ya ocurriera aquella noche en Barcelona, sigo teniendo la sensación de que el fútbol mantiene con él una deuda intangible que jamás podrá saldar.