El Real Mallorca venció 2-1 al Real Madrid con un gol en el último suspiro del partido, después de que el equipo blanco llegara al empate en el 88 creyendo que ya lo había resuelto.
Hay partidos que el Real Madrid gana antes de jugarlos. En la cabeza de todos, en la lógica del mercado, en el peso de la historia. El Real Mallorca lo sabía y tenía un plan. Y jugó exactamente como juega quien no tiene nada que perder y todo que ganar: bajo, ordenado, feroz en cada segunda jugada, y con Vedat Muriqi delante como si el kosovar llevara años esperando este sábado en concreto.
El Real Madrid llegó a Son Moix con la urgencia de ganar, aunque no lo demostrara sobre el tapete balear. Quince remates frente a cinco del rival. Más córners, más llegadas, más de todo lo que se mide. Pero el fútbol a veces tiene la mala costumbre de no mirar las estadísticas, y el Mallorca marcó primero, en el 42, con un error de Camavinga en la marca de Manu Morlanes que batió a Lunin con facilidad.
La segunda parte fue un monólogo blanco con el Mallorca aguantando como quien conoce su oficio. Arbeloa movió el banquillo entero desde el minuto 59 —tres cambios de golpe— buscando la reacción que el Madrid no encontraba por mérito propio. El equipo blanco empujaba sin urgencia real, como quien confía en que el marcador acabará cuadrando solo, porque siempre acaba cuadrando solo. Esa indolencia tiene nombre: es la de un equipo que lleva demasiado tiempo ganando por inercia y no por fútbol.
En el 88, el Real Madrid empató a través de la cabeza de Eder Militao. Y entonces pasó lo que pasa cuando un equipo confunde el empate con la victoria: se relajó dos minutos. Dos minutos son suficientes para Muriqi, para el Mallorca, para un equipo que no podía permitirse perder y soñaba con ganar. En el 90, gol. 2-1. Son Moix enloqueció.
El Madrid se fue con las manos vacías y la misma cara de quien no entiende qué ha salido mal. Salió mal la indolencia. Salió mal creer que la posesión es lo mismo que el dominio. Salió mal no leer que Muriqi, este sábado, tenía cita con la redención y la gloria tras la decepción sufrida tras ver como Kosovo se quedaba en la orilla del Mundial.