A veces el fútbol es tan simple como cruel. Si dominas pero no muerdes, te acaban cazando. El Real Betis regresó de Atenas con un 1-0 en contra que duele más por cómo se produjo que por el juego del rival. Ante un Panathinaikos que se limitó a defenderse con orden bajo la batuta de Rafa Benítez, el equipo de Pellegrini fue incapaz de traducir un 73% de posesión en algo parecido a una victoria.
El partido fue un monólogo bético durante casi una hora. Con Marc Roca y Altimira mandando en el medio, el peligro siempre nacía de las botas de un Abde eléctrico y de los desmarques del Cucho Hernández. Sin embargo, el portero Lafont sacó lo que le llegó y el resto de disparos se marcharon rozando el palo. El Betis jugaba, tocaba y mandaba, pero le faltaba esa pegada y contundencia para cerrar el choque.
Todo se puso de cara en el minuto 58, cuando Abde provocó la expulsión de Zaroury. Con media hora por delante y uno más, parecía que el gol verdiblanco era cuestión de tiempo. Pero ocurrió lo contrario: el Betis se espesó. Los cambios de Pellegrini no surtieron efecto y quedó claro que, ahora mismo, la diferencia entre titulares y suplentes puede parecer grande. El equipo perdió frescura y, lo que es peor, permitió que el Panathinaikos se creciera en su inferioridad.
El mazazo llegó al final. En la única ocasión clara de los griegos, Diego Llorente llegó tarde a un remate de Swiderski. El colegiado Marciniak, avisado por el VAR, pitó un penalti de esos «modernos» que desesperan a cualquiera. Taborda no falló en el 88 y el Betis, además del gol, perdió a Llorente por roja directa.
Cuatro partidos seguidos sin ganar empiezan a pesar en el ánimo de una afición que no está acostumbrada a estas rachas. No es momento de castigarse, pero sí de autocrítica. El sueño de los cuartos de la Europa League sigue vivo, pero exigirá una versión mucho más ambiciosa en La Cartuja. Toca remar todos juntos, ganar al Celta para recuperar sensaciones y demostrar que este equipo sabe levantarse cuando peor pintan las cosas.