La tarde se descorrió en Son Moix con el sobrecogedor silencio de quienes saben que se juega algo más que tres puntos: el Real Mallorca y el Getafe, dos equipos con arduas realidades distintas, se citaron bajo la amenaza del descenso. El conjunto bermellón, urgido por ese aliento a vida o muerte que da rozar el abismo, tejió una victoria que desborda el simple alivio estadístico: el aire y el oxígeno que supone este triunfo, más que nunca, inundaron la isla con la euforia de la subsistencia.
Se sospechaba y ocurrió: el pulso fue áspero, apenas abierto a la poesía del juego fluido, dominado por las cicatrices colectivas de ambos entrenadores. Jagoba Arrasate, buscando redención desde el orden, apostó por la solidez y el bloque compacto. El premio llegó pronto: minuto 14, Samu Costa ve las cosquillas del carril zurdo, Mojica hila el centro con precisión de orfebre y Vedat Muriqi, festival de físico y sangre fría, marca el 1-0 ante una grada que celebra el gol con la energía que merece.
Con el marcador a favor, el Real Mallorca no se rebeló desde el exceso sino desde la administración del sufrimiento: maniatar al Getafe es siempre reto mayúsculo, más cuando Bordalás, maestro del combate en corto, insufla a su equipo de fe ciega en la segunda jugada y la presión. Los bermellones, guiados por Valjent, Raíllo y Bergström, levantaron un murallón contra el que el Getafe —espeso, reiterado, pero insistente— rompió oleada tras oleada sin premio ni verso.
El drama se aceleró en la segunda mitad. El Getafe quemó las naves, desplazó piezas en busca del empate, pero se fue estrellando contra la versión más numantina del Mallorca. El portero finlandés Bergström, cuestionado en La Cartuja, lució guantes de alivio en cada centro visitante y hasta el VAR quiso hacerse protagonista, revisando posibles penaltis que sólo aumentaron la temperatura pero no movieron la balanza. Cada contra mallorquinista era un latigazo, una prueba más de que la victoria no se firmaría en la comodidad, sino en el filo del cuchillo.
Al final, la ovación se mezcló con el suspiro colectivo: Muriqi, MVP indiscutible, personificó la vigilia de esta plantilla. “Hemos ganado con mucha alma”, sentenció el pirata kosovar. El Mallorca sale del descenso con este golpe de fe y el parón de selecciones les encontrará, por fin, fuera del infierno, quizá sin fútbol para soñar en grande, pero con el alma suficiente para seguir resistiendo en la trinchera de LaLiga.