Quiso la historia del waterpolo que España, la vigente campeona olímpica, viera evaporarse cualquier plan de gloria mundialista bajo el sol tórrido de Singapur, devorada por el torbellino húngaro y condenada a remar, por enésima vez, hacia la orilla menos vistosa del podio.
El marcador final, ese 15-9 demoledor, es la fotografía de un hundimiento colectivo, pero la película empezó antes: Hungría, impulsada por ese poderío físico y carácter ancestral y liderada desde la defensa por Rita Keszthelyi y Dorottya Szilagyi, arrancó como un huracán y dejó el partido sentenciado casi desde el primer pitido.
Al primer ataque, Paula Leitón inventó, de espaldas, el 0-1. Y ahí se acabó el espejismo español. Se desató el vendaval magiar: seis goles seguidos, cinco en superioridad numérica… y un error garrafal de las españolas al sacar, con la portera fuera del arco, para que Farago clavase desde su casa el 6-1. Ni la heroína de cuartos, Martina Terré, pudo frenar la hemorragia y, al descanso, un irrebatible 11-4 dejaba pocas esperanzas de remontada.
El naufragio fue tan rotundo que ni el relevo en la portería (entró Mariona Terré por su hermana Martina) ni el orgullo tardío de las últimas campeonas olímpicas maquillaron el resultado. En la foto fija, España acabó con un paupérrimo 2/13 en superioridades, incapaz de generar peligro en la boya y desquiciada ante la defensa húngara. Al otro lado, Hungría funcionaba como un martillo pilón, con un 8/11 en superioridad y intensidad sin fisuras.
La estructura emocional de España quedó en entredicho. Hubo tiempo para la impotencia, la frustración -ese disparo al larguero de Bea Ortiz, algunos brazos caídos- y la sensación de estar viviendo otra pesadilla, como ante Estados Unidos años atrás, pero con otra bandera. Jordi Valls, recién llegado al banquillo tras la era Miki Oca, encontró el peor día posible para examinarse: borrasca, naufragio y resaca.
Y así, mientras Hungría descansaba a sus estrellas y saboreaba revancha -tras tantas veces torturada por el talento español en finales recientes- a España solo le queda agarrarse al viejo oficio: luchar, con poca épica y mucho desgaste, por una medalla de bronce frente a Estados Unidos, intentando transformar la amargura de esta caída en relato de resistencia.